Preparación para la adolescencia.

Desde el momento del nacimiento, los padres requieren ser proactivos para la formación de apegos sanos con sus hijos y para la adquisición de una normatividad social. Esto permitirá desarrollarse funcionalmente en sus diferentes ámbitos –físico, cognitivo, emotivo, adaptativo…-.

Además del trabajo esmerado y cotidiano de los padres, el cual se ha explicado ampliamente en escritos anteriores, ellos deben vincularse de manera profunda con la institución educativa para la creación de programas en el desarrollo de competencias, así como programas para lograr una sexualidad responsable, evitar el matoneo..

Uno de estos programas esta encaminado  en que los preadolescentes conozcan, desde un marco conceptual y vivencial, aquellos fenómenos que están pasando por su cuerpo, y como estos repercuten en su emocionalidad, acciones o transformaciones en el comportamiento, en referencia con su etapa de primera infancia, lo mismo que formas para neutralizar estos efectos negativos.

Pensando en el desequilibrio emocional de los adolescente, los descompensaciones del sistema límbico se pueden disminuir en la medida en que los padres y la institución educativa, prioricen en los procesos educativos y en la exigencia, con cierto grado de continuidad, de la herramienta del auto-diagnostico. Conocer las características propias, junto a sus fortalezas y debilidades, puede estimular planes de acción para el mejoramiento de estos desequilibrios emocionales.

Conseguir que los niños interioricen el hábito de auto-conocimiento requiere que se haya modelado este comportamiento del niño mediante enseñanzas sobre el que, como, cuando y donde, lo mismo que requiere que el preadolescente observe que sus mayores ejecutan el ejercicio de auto-conocimiento con ellos mismos, dando como resultado la implementación de planes de mejoramiento.

Acerca del tópico de las hormonas sexuales sobre el comportamiento, estas, especialmente la testosterona y el estrógeno, se encuentran, durante la pre-adolescencia, generando disociación en las relaciones con otros  y con él mismo, puesto que promueve acciones autosuficientes, agresivas y competitivas.

Conductas que no se deben reprimir sino tratar de direccionar hacia fines productivos. De esta manera, tanto los padres como la escuela, deben conocer al preadolescente con el fin de orientarlo y exigir la práctica continua y reglada de cierta actividad y la pertenencia a grupos con fines beneficiosos, algo que permitirá exteriorizar su competitividad y modificar la agresividad encaminada al combate a una agresividad encaminada al logro de los resultados positivos de la actividad.

En cuanto a las variables neuro-biologicas, particularmente la insuficiente maduración de la corteza pre-frontal, los padres y la institución educativa, pueden disminuir dicha influencia negativa con algunas dinámicas como provocar discusiones asertivas,  acerca de situaciones de riesgo que ocurren en la vida real y su manera de afrontarlas de manera sana bajo diferentes formas de intervención.

Este tipo de discusiones necesitan salirse de la reprimenda o la amonestación, para motivar en el pre-adolescente, procesos de pensamiento propios en los cuales ellos estimulen su capacidad crítica, entendiendo la implicación del riesgo, la ganancia secundaria insana de ese y la manera de evitarlo.

Por último, los padres han de involucrar a su hijo, en algunas responsabilidades de su hogar y en algunas conversaciones que antes no tenían acceso, provocando un aumento del sentido de pertenencia respecto del entorno familiar, permitiendo generar en ellos apropiación y defensa de su ambiente familiar.

El hecho que el pre-adolescente se conciba como parte importante del equipo de trabajo familiar, sin pretender desbancar a los padres de su papel de directores de este grupo, puede disminuir el efecto de la agresividad dado por las hormonas sexuales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *