
El padre es una figura controversial –necesaria pero generadora de conflictos- en la relación tríadica madre-padre-hijo puesto que el legado de la mayoría de las culturas, ha transmitido la información que él debe ser el encargado de romper el vínculo casi que fusional entre madre e hijo, con el objetivo de introducir al niño en el orden social, acelerando, de esta manera, los diferentes desarrollos –físico, cognitivo, afectivo, normativo, adaptativo y de lenguaje-, los cuales fueron iniciados por la madre.
La presencia de la figura paterna dentro de la mentalidad del niño durante los doce primeros meses, no depende directamente de las acciones proactivas que realice con el pequeño, sino que obedece al hecho que él haya sido nombrado positivamente por la madre, así como que en su discurso tenga un lugar importante.
Adicionalmente, la aceptación emocional de un otro –padre-, el cual produce, por lo menos en el inicio del rompimiento de la relación muy cercana entre madre e hijo, emociones displacenteras –odio, tristeza..-, es posible cuando el niño tiene bondad dentro de sí.
Bondad que solamente puede pasar en el momento en que el pequeño interioriza el concepto de madre buena con una magnitud superior y diferente de la representación de madre mala. El hijo introduce como característica para sí mismo algo que concibe de su madre.
De esta manera, visualizar y construir internamente las definiciones positivas del vínculo emocional con su madre, permite una significación funcional consigo mismo, la cual reproduce después hacia su propio padre, quien es el segundo objeto de amor.
Dicha representación saludable de la figura paterna, puede facilitar que él ejecute, sin muchos traumatismos, el proceso de separación de la madre con su hijo y que el pequeño tenga la capacidad de adquirir un lazo emocional con su padre e interiorizar efectivamente aquello que el adulto esta enseñando o pretendiendo enseñar.
Dicha vinculación afectiva es posible llevarla a cabo cuando el padre no solo basa su significación positiva por el discurso y la consideración de la madre hacia él –padre- sino mediante acciones constantes y motivadas, de tal manera que el niño interprete en su padre el deseo de compartir tiempo, dar contención emocional, normatividad, llevarlo a edificar la realidad con conceptos adicionales a los otorgados por su madre…
De esta forma, las significaciones negativas hacia el padre, asociadas con la separación del vínculo madre e hijo pierden su intensidad en comparación con las bastantes acciones de cercanía emocional, por lo cual los celos que puedan aparecer, se restituyen por maneras saludables de entender al padre.
Por otro lado, se encuentra la situación en la cual el niño tiene necesidad de idealizar a la madre, como herramienta para distinguir el concepto de objeto bueno y objeto malo, debido a la poca diferenciación que existe los dos. En este caso, la figura materna ha ejecutado acciones positivas con similar o parecida intensidad y cantidad que lo hecho por las conductas que son interpretadas como negativas por su hijo.
Idealizando a la madre, también existe la tendencia a idealizarse él mismo y posteriormente al padre, algo que ocasiona que el adulto sea concebido desde un lugar etéreo, al cual es imposible de llegar. La idealización de los dos padres no permite la integración de sus lados positivos y negativos pues estos últimos no existen en lo real, tanto de manera individual –padre o madre- como de forma grupal –colectivo parental-.
Otra significación negativa que hace el hijo de su padre, puede suceder cuando el niño no tiene interiorizado el concepto de madre bondadosa porque las significaciones negativas de la madre tienen más intensidad. En este caso, se producen impulsos destructivos hacía ella.
Impulsos o deseos destructivos que son percibidos, dentro de la mentalidad del niño, como reales y objetivos, debido a la omnipotencia del deseo, algo que forma parte del desarrollo infantil en sus primeros años de vida. Deseos que se trasladan hacia el mismo, y posteriormente se movilizan hacia la figura paterna.
Gracias al permanente transporte de los deseos destructivos –madre a hijo e hijo a padre-, estos disminuyen su intensidad convirtiéndose en celos, los cuales son una defensa que el descendiente aplica con el objetivo de no envidiar al padre y no querer destruirlo.
Celos que al no estar ligado a bastantes elementos positivos como el explicado al principio de este escrito, pueden tener tanta capacidad de fuerza, que altera negativamente los procesos de adquisición de normatividad, aprendizajes, interacciones y vínculos emocionales saludables…