
Ampliando un poco más el ensayo anterior, el manual de psicopatología DSM IV –TR-, describe que la alteración cualitativa de la interacción social se manifiesta por: alteración del uso de múltiples comportamientos no verbales –contacto ocular, expresión facial, posturas corporales y gestos reguladores de la interacción social-, incapacidad de desarrollar relaciones con compañeros adecuadas al nivel de crecimiento, ausencia de la tendencia espontanea para compartir intereses y objetivos con otras personas, falta de reciprocidad social o emocional.
La alteración de la comunicación se exterioriza por: retraso o ausencia total del lenguaje oral –no acompañados de intentos para compensarlo mediante modos alternativos de comunicación, como gestos o mímica-, alteración significativa, de los sujetos con habla adecuada, para iniciar o mantener una conversación con otros, utilización estereotipada y repetitiva del lenguaje o lenguaje idiosincrático, ausencia de juego realista espontaneo, variado o imitativo social propio del nivel de desarrollo.
Los patrones de comportamientos, intereses y actividades restringidas, repetitivos y estereotipados, se manifiestan por: preocupación absorbente por uno o más cantidad de patrones estereotipados y restrictivos de interés, los cuales resultan anormales, adhesión aparentemente inflexibles a rutinas o rituales específicos y no funcionales, conductas motoras estereotipadas y repetitivas –sacudir o girar las manos o los dedos, movimientos complejos de todo el cuerpo-. Preocupación persistente por parte de objetos.
De la misma forma, el trastorno autista se asocia a un retraso o funcionamiento anormal en por lo menos una de las siguientes áreas, lo cual aparece antes de los tres años: Interacción social, lenguaje utilizado en la comunicación social y el juego simbólico o imaginativo.
Los criterios nombrados anteriormente, no se explican mejor por el trastorno de Rent –torcimiento constante de las manos, retraso mental y déficit de las destrezas motrices-, o del trastorno degenerativo infantil –regresión profunda del lenguaje, conducta adaptativa y habilidades motrices, después de un periodo entre dos y cuatro años de desarrollo normal-.
No hay una prueba específica, desde el punto de vista médico, para determinar si un niño padece de autismo y de patologías cercanas. Sin embargo, los profesionales pueden usar diversas herramientas como: Análisis genéticos para identificar si el niño tiene un trastorno genético –Síndrome de Rett, síndrome de cromosoma X frágil-, administrar pruebas que midan el habla, la audición, el lenguaje, el nivel de desarrollo junto a los problemas sociales y de conducta…
El tratamiento del trastorno autista se caracteriza por una intervención psicosocial consistente en la maximización de sus potencialidades, teniendo como base el respaldo hacia la parte de comunicación y de lenguaje. Dicha intervención tendrá mejores resultados en la medida que comience a una edad más temprana.
Los resultados positivos de la intervención psicosocial solo son posibles en la medida que el contexto familiar desarrolle un equipo de trabajo con los profesionales de la salud y con la institución educativa, de tal manera que los tres entes anteriormente mencionados, sigan el mismo lineamiento y se apoyen unos a otros en el trabajo.
Al mismo tiempo, es importante que las figuras paternas, ya sea de forma individual o como colectiva, lleven a cabo un proceso terapéutico que les permita asimilar emocionalmente el hecho de tener un hijo autista, haciendo el duelo por el hijo fantaseado que no tuvieron entre otras cosas, lo cual permitirá aceptar al actual, amarlo de manera consciente e inconsciente, y ser proactivos en la búsqueda constante de mejores condiciones de salud física y emocional, tanto para él como para el entorno familiar.