Formación de la prudencia en los niños.

La prudencia, según el diccionario de la real academia española, es un concepto asociado a la templanza, cautela, moderación, sensatez y buen juicio. Ser prudente es una fortaleza que el individuo forma en los primeros años de vida, a través de los vínculos afectivos funcionales que tenga con sus figuras parentales, y a través del aprendizaje por observación de dichas figuras.

En cuanto a los vínculos afectivos funcionales con sus padres, la prudencia del hijo comienza a darse cuando el pequeño siente que hace parte importante del grupo familiar, sintiendo que la totalidad de sus demandas de alimentación y de contención emocional son satisfechas en el momento en que son solicitadas por el pequeño de tres meses o menos.

Manera de relacionarse con los padres que permitirá en el infante, la adquisición de un alto nivel de egoísmo que se reducirá en la medida en que crece y se da cuenta que la existencia no gira alrededor de él, sino que existen otros sujetos de igual valía, con los cuales ha de tener vínculos asertivos.

En este proceso de crecimiento, la madre se ausenta paulatinamente con mayor cantidad de tiempo, incentivando que su hijo desarrolle su pensamiento en la realización de actividades que disminuyan las emociones displacenteras –miedo, odio, tristeza..- que se producen por su no presencia.

Adicionalmente, la madre permite que su hijo se aleje para que explore su medio ambiente y se motive por otras cuestiones que no se encuentren relacionadas con ella. De este modo, se crean intereses distintos a los egoístas puesto que el niño pequeño estará muy pendiente de descubrir las particularidades de los objetos o sujetos diferentes a él.

El proceso de ausencia de la madre, junto a su incentivación para que su hijo se separe e investigue, debe estar acompañado de la continencia que el adulto haga de las emociones del niño, en el momento en que se reencuentren. Continencia que si se hace sanamente, permitirá, con el tiempo, que el hijo exprese sus emociones y realice acciones con cautela y moderación, lo cual no quiere decir que se repriman.

Dicha continencia sana, es posible si la madre tiene equilibrio y control emocional, de manera que las reacciones desordenas y fuera de tono de su pequeño cuando comienzan los procesos de separación, puedan disminuirse hasta su expresión de forma asertiva.

Con este trabajo de la madre, el infante abre su perspectiva hacia el entorno pero todavía existe un alto nivel de egocentrismo, que se reduce más cuando el pequeño puede darse cuenta de lo social, por medio de la presencia del padre, o quien haga sus veces, en el discurso de la madre, para que después ella permita que esta figura rompa el lazo fusional entre madre e hijo, introduciéndolo en el medio ambiente y sus exigencias.

En la media que el padre obtenga una alta significancia en la mente de su hijo que posibilite enseñarle cuestiones ligadas a la prudencia –empatía, relaciones asertivas, ética, moderación buen juicio..-, y en la medida que el demuestre en su accionar, al igual que en el de la madre, el pequeño podrá interiorizar esta competencia.

La prudencia de los hijos pequeños se puede aumentar con la retroalimentación hecha con diversos juegos de roles en los cuales los personajes tengan vivencias con cierto nivel de tensión,  y requieran exteriorizar la prudencia para la solución de situaciones que se complejizarán de acuerdo al crecimiento.

De esta manera, los niños aprenderán la importancia en la empatía con el otro, la escucha de ese otro para conseguir profundizar en los lazos afectivos, y resolver los problemas que se puedan presentar. Al mismo tiempo, el niño debe aprender a que su prudencia requiere ser de mayor intensidad que su deseo de botar palabras o tener acciones pasionales o irreflexivas que pueden dañar a los otros o a él mismo.

En este punto, la prudencia se enlaza con el pensamiento crítico consigo mismo, algo que los padres han de fomentar desde el momento en que cuestionan a su hijo sobre sus acciones y las motivaciones para ellas, creando un hábito de introspección que se conservará en el tiempo, siendo de especial utilidad para actuar con moderación y buen juicio.

Durante la época escolar, los padres estarán pendientes de la interacción de su hijo en el colegio y con sus amigos, haciendo seguimiento tanto por la palabra del niño como por la versión de los profesores, ejecutando con el menor, las respectivas retroalimentaciones positivas o sanciones.

Al mismo tiempo, las figuras parentales deben establecer una comunicación más cercana con el colegio para originar planes de desarrollo de diversos valores y/o competencias, una de ella es la prudencia puesto que esta es uno de los motores de las relaciones asertivas con los otros.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *