
La prudencia, según Martha Alles –profesional especialista en el tema de recursos humanos-, es la capacidad para obrar con sensatez y moderación en la totalidad de los actos: Aplicación de normas y políticas, fijación y consecución de objetivos. Implica la capacidad para distinguir y discernir entre lo bueno de lo malo.
Comportarse de esta forma –con sensatez y moderación- solo se consigue cuando se tiene un proceso de conocimiento consigo mismo, especialmente con aquellas emociones que se pueden convertir en desadaptativas debido a exteriorizarse con magnitud inadecuada.
El adolescente que manifiesta sus emociones con intensidad disfuncional creció en un ambiente familiar ligado al desamparo y poca contención afectiva, algo que las figuras parentales requieren transformar por un lugar con vinculaciones afectivas sólidas en la cual la palabra o acciones pensadas, empáticas y con moderación, sean reforzadas constantemente por los padres, mientras que aquellas acciones o verbalizaciones imprudentes, sean desestimadas o sancionadas.
Las sanciones dan efectos positivos en la medida que no tengan acompañamiento de hechos maltratantes, y en la medida que obedezcan a acuerdos entre los dos padres. Acuerdos que permiten que su hijo los interiorice como un equipo de trabajo confiable.
Para que ocurra dicha transformación, también es importante que el entorno familiar adquiera la introspección como un hábito que servirá para el mejoramiento de los vínculos intrafamiliares, y como una acción que permitirá la potencialización de los rasgos individuales.
El deseo y la necesidad de la introspección familiar e individual ocurre con la inmersión en un contexto terapéutico, en el que se pueda dar el cuestionamiento acerca de las razones que llevaron a esa familia y a ese sujeto dentro del entorno para actuar de manera imprudente, lo mismo que el conocimiento consciente de sus ganancias.
En cuanto a la distinción entre lo bueno y lo malo, aspecto fundamental en la definición de prudencia de Martha Alles, esto se relaciona con la ética. Competencia que se puede incrementar aprovechando las características del desarrollo cognitivo del adolescente, las cuales están ligadas a su capacidad y deseo de hacer suposiciones sobre distintos objetos o fenómenos, sin la presencia de estos objetos o situaciones.
Las peculiaridades de la inteligencia del adolescente junto a su pretención para ser escuchado son dos puntos que el adulto, tanto en el hogar como en la institución educativa, deben aprovechar para crear discusión de dilemas éticos en contextos determinados.
Estos espacios de discusión deben estar acompañados del conocimiento de la visión de autores acerca de la ética, y también deben estar acompañados de situaciones que pueden ocurrir en la vida real y que denotan un adecuado y/o inadecuado manejo ético de los problemas.
Fuera de estos espacios de discusión entre padres e hijos, los adultos han de mostrar a los menores, cuales son los fundamentos éticos y normatividades que ellos escogieron para formar a sus hijos, y como llevaron a cabo el acuerdo entre padre y madre.
Acuerdos que se pudieron realizar con base en la prudencia que cada padre tuvo para no herir al otro, especialmente cuando los ánimos estuvieran alterados. Dicha prudencia se produce debido a la conexión emocional con el otro, dada por su capacidad para leer sus estados afectivos y no desear aprovecharse de ellos.
Desde este punto de vista, la prudencia se puede asociar con actuar de manera benevolente con el otro. Decir o hacer las cosas para la consecución de objetivos, sin ocasionar algún tipo de daño, por lo cual los adultos han de hacerle seguimiento permanente a sus hijos adolescentes, tanto en la institución educativa como en su vida personal.