
El periodo de vida que va desde los 18 hasta los 25 años es una etapa en la cual la mayor parte de sujetos inician su mundo laboral, exceptuando aquellos que recién acabaron la educación superior y están desempleados o aquellos que, por una u otra circunstancia, no desean ser parte del mercado laboral.
Estos primeros trabajos se caracterizan por ser tareas operativas que pueden parecer de poca importancia y que requieren una máxima cantidad de resistencia y esfuerzo tanto físico como mental para su realización con calidad, sin importar que el nuevo empleado acredite una cantidad importante de conocimientos o logros académicos.
De esta manera, los empleadores están observando en el nuevo trabajador, competencias vinculadas al manejo de presión, tolerancia a la frustración, capacidad de trabajo en equipo, calidad en su trabajo e identificación con la compañía.
Por parte del adulto joven, la adecuación que él realice a estas exigencias dependerá de su inteligencia emocional en la medida en que esta permite visualizar este proceso de sobre esfuerzo como un paso necesario para conocer la empresa e identificarse con ella, y un paso necesario para que sus jefes conozcan la calidad de su trabajo y tengan confianza en su desempeño, lo cual permitirá la obtención de labores con más importancia.
Inteligencia emocional desarrollada a partir del vínculo afectivo con sus figuras parentales, más que todo en el periodo de primera infancia, lo cual permitió, entre otras cosas, que su hijo se adaptara sanamente a los diferentes ambientes en que hizo parte, pudiendo cumplir las normatividades exigidas, a la vez que se integraba con los otros y obtenía resultados positivos en sus desempeños.
Dichos vínculos afectivos cercanos y sanos con sus figuras parentales creados en los primeros años, permite que el ahora adulto joven acepte que sus padres se comporten como orientadores, incentivando que su hijo se inserte dentro de la cultura organizacional y logre conseguir de esta, tanto conocimientos operativos como conocimientos de historias de vida.
Desde este punto de vista, la eficaz adaptación del adulto joven también requiere de cierto grado de desarrollo del pensamiento post formal, lo cual permitirá la formación de equipos de trabajos que pueda mejorar la calidad de los procesos y de las relaciones, mediante la mirada de los fenómenos desde varias interpretaciones con la posibilidad para lograr acuerdos.
La inserción o integración con el equipo de trabajo, generara integración de identidades, normas y modelos de la empresa, definiéndose como parte de ese conjunto, por lo cual pasa de ser un individuo a miembro de un colectivo que se diferencia de otros.
Esto camino de formación de equipos de trabajo en una cultura organizacional nueva, puede llevar consigo ciertos inconvenientes en la dinámica de interacción, algo que se puede sumar con las dificultades referentes a las variables individuales, pudiendo entorpecer el proceso.
En cuanto a las variables internas del sujeto, estas se caracterizan por sentimientos positivos por conseguir empleo, obtener remuneración, y por la expectativa de la empresa, las labores y los compañeros. De la misma forma, el adulto joven se encuentra ansioso y con miedo debido que él mismo se percibe, aunque no lo sea, como una persona independiente y con responsabilidades financieras.
Ante estos sentimientos que pueden provocar desequilibrio emocional, el adulto joven debe apelar a sus herramientas de inteligencia emocional para lograr su estabilización. Herramientas que se complementan con la orientación que pueden llevar a cabo las figuras parentales o la familia extensa.
En los casos en los cuales el adulto joven no tuvo formación en los aspectos de la inteligencia emocional, debido al escaso trabajo en equipo de sus figuras parentales, con el consecuente desarrollo de conductas egocéntricas de su hijo, él no deseará ser parte de una estructura organizacional, y por ende tendrá bajo rendimiento en los equipos de trabajo que haga parte.