Desarrollo de la competencia de comunicación eficaz en la adolescencia.

El auge de las hormonas sexuales en el adolescente y sus efectos sobre el comportamiento, producen que el sujeto de este rango de edad vuelva a replegar su energía sobre sí mismo, a diferencia de los años anteriores, en los cuales las mayores motivaciones consisten en la pertenencia a un colectivo y la realización de actividades socialmente aceptadas –estudio, arte, deporte…-.

De esta forma, la comunicación eficaz que antes se tenía y que generaba acuerdos entre el niño con los adultos, ahora -adolescencia- se pierde, convirtiéndose en algo plenamente egocéntrico, donde no existe intercambio lingüístico sino que el “yo” es el principal protagonista mientras que los otros pronombres personales –tu, él, nosotros, vosotros, ellos- solo existen en la medida que satisfagan las necesidades de ese “yo”.

Por tal motivo, tanto los padres de familia como las figuras de apoyo más representativas –profesores- necesitan observar continuamente la comunicación del adolescente para retroalimentarlo sobre la importancia de concebir al otro desde una perspectiva en que los dos pueden tener un nivel comunicativo en que satisfagan mutuamente su deseo por ser el centro de atención, y al mismo tiempo, lograr acuerdos sobre temáticas determinadas.

Un gana-gana que permite que los intercambios de este tipo se caractericen por la empatía en el mejor de los casos, o por lo menos algo cercano a ella, y no por el deseo de aplastamiento del otro, tal como ocurre en las situaciones que se manejan con una estrategia gana-pierde, la cual puede estar estimulada por la competitividad y agresividad propia del adolescente.

De este modo, el gana-gana comunicacional permite la construcción de maneras colectivas de concebir la realidad, y por ende, la posibilidad de resolver diversas situaciones conflictivas, sin el riesgo de un enfrentamiento por la imposición de las ideas.

Tanto las figuras parentales como la institución educativa necesitan desarrollar en el adolescente esta competencia, mediante la exigencia de argumentaciones sólidas en la presentación de sus puntos de vista, fortaleciendo su nivel de persuasión pero también su capacidad para dejarse persuadir cuando los contenidos ofrecidos por el otro, tengan mayor aplicabilidad con la realidad que se esta analizando.

Cuando el adolescente acepta la posibilidad de persuadir al otro pero simultáneamente dejándose persuadir por él, esto demuestra una armonía con el entorno, consiguiendo que el mensaje tenga la capacidad de llenar las expectativas y dar aprendizaje tanto del propio sujeto como de quien lo oye.

El púber se encuentra en el camino de minimizar su egocentrismo y buscar alternativas para lograr un encuentro asertivo con el otro en el cual se puedan lograr acuerdos mediante la integración de los variados puntos de vista, poniendo énfasis en bienes o resultados comunes.

La enseñanza de esta competencia –comunicación eficaz-, fuera de tener como base lo expuesto anteriormente, se edifica con la observación que los adolescentes hacen de unos padres que demuestran esta cualidad en su vida tanto personal –relación consigo mismo, con sus pareja e hijo, amigos, motivaciones…- y en su quehacer laboral.

De nada sirve que las figuras parentales encaminen sus esfuerzos a que sus hijos desarrollen estas competencias, si estos adultos basan sus interacciones cotidianas, especialmente entre ellos, con comunicaciones cargadas de agresividad y pocas motivaciones para el dialogo.

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