El embarazo es un estado por el cual madre e hijo comparten el mismo cuerpo durante nueve meses. Una relación fusional entre dos que produce inmensas ganancias a nivel emocional para un número considerable de mujeres que tienen una significación positiva del embarazo.
Dicha fusionalidad se rompe, desde el punto de vista biológico, a partir del nacimiento puesto que el niño se separa de su madre. Sin embargo, el pequeño necesita seguir conservando un vínculo muy estrecho con su figura materna, por lo menos hasta que él desarrolle sus órganos inmaduros con los cuales nace y al mismo tiempo aprenda a moverse y se introduzca en su sistema de lenguaje, así sea vagamente.
La figura materna también necesita seguir conservando ese vínculo demasiado unido con su bebé puesto que ella ha desarrollado un sentimiento de completud al cual no desea renunciar, además que permite tener otro tipo de ganancias –mayor atención y cuidado de los demás, obtener la preferencia de su hijo sobre las otras personas..-.
La relación fusional entre madre e hijo que se prolonga hasta los primeros meses de vida del menor, requiere romperse con la irrupción de un tercero en ese vínculo cerrado entre dos. Tercero que ha de introducirse en la mentalidad de la madre para que ella proporcione los primeros lineamientos a su bebé durante el primer año de vida –horarios de comida y de sueño, utilización de su propia cama..-.
Posterior al primer año, este tercero u otro cultural, no ejercerá su acción a través de la madre, sino que lo hará por medio de sí mismo, complejizando el desarrollo que tiene el niño tanto de sus capacidades físicas como del lenguaje. Capacidades que la madre ha comenzado a formar, pero que a partir del mes 12, se incentivan más cuando se introduce al niño en otros ambientes diferentes a su hogar, generando su interés por el conocimiento…-.
El otro en la mayor parte de los casos se refiere al padre biológico pero no necesariamente es él. Este podría ser un abuelo, un tío o un amigo de la madre, persona quien la figura materna considere significativa y sienta que promueve una influencia positiva para ella, afecto que pretende repetir en su hijo.
En caso que los dos padres se encuentren separados y lo hayan hecho con bastantes conflictos emocionales entre ellos, la madre, como forma de venganza, puede tomar la decisión de negar el acercamiento del padre a su hijo y a las demás personas alrededor de ella, con lo cual el otro no existiría en la subjetividad del infante, y él tendría problemas en el acceso a un ordenamiento social –lenguaje, separación con la madre, adaptación al colegio..-.
En otras situaciones, los padres no se separan pero su convivencia se caracteriza por la indiferencia y la lucha continua entre ellos. Aquí, no existe un tercero puesto que entre los dos adultos no existe comunicación o acuerdos, provocando que el niño se recueste hacia un adulto, teniendo con él un lazo bastante cercano desde el punto de vista emocional.
Por lo expuesto anteriormente, se concluye que el otro tiene una importancia inimaginable en el desarrollo de cada sujeto puesto que permite que la madre interiorice que su hijo no es de su propiedad sino que hace parte de un orden cultural, por lo cual necesita integrarse a lo social sanamente mediante el cumplimiento de algunos lineamientos.
Dicha significación no la tienen algunas personas, especialmente aquellas que tratan de realizar el proceso de maternidad o paternidad en solitario –alquiler de vientres, inseminación artificial, adopción…- puesto que para cumplir este deseo no dan cabida a un otro sino solamente a ellos mismos.
Al hacerlo de esta forma, tener y permitir el desarrollo de un descendiente se convierte en algo ególatra y no un acto acordado por dos, generando de esta manera consecuencias en la formación narcisista que su hijo tendrá, y por ende, en la estructuración de este tipo en la personalidad del infante.