Procesos terapéuticos en adolescentes.

Tal como se ha explicado en muchos escritos del presente blog, el adolescente esta sujeto a continuos cambios emocionales producto de la actuación de variables neurobiológicas, psicológicas y sociales, lo mismo que al duelo por la pérdida de la niñez, con el consecuente enfrentamiento a una nueva realidad.

El grado de afectación de dichas variables, en cada individuo entre 12 y 18 años, depende de las herramientas afectivas que haya desarrollado, durante su niñez, para el enfrentamiento funsional de estas nuevas situaciones y para el cierre de ciclos. Fortalezas que solo se dan cuando el púber ha crecido en un ambiente asociado a vínculos sanos tanto entre padres e hijos como entre los adultos.

Un porcentaje significativo de adolescentes han tenido falencias en la adquisición de estas fortalezas, por los cuales algunos padres determinan la importancia que sus descendientes lleven a cabo procesos terapéuticos que permitan el mejoramiento del rendimiento de su hijo en las diferentes facetas en las cuales presenta deficiencias.

Dicho proceso para dar frutos positivos, necesita darse mediante una relación vinculante del adolescente con un otro terapéutico, en la cual el profesional de la salud mental sea investido por el paciente con una energía similar a la que en sus años de niño, especialmente en su primera infancia, coloco a sus padres.

De esta forma, dicho lazo terapéutico puede transformar los afectos inadecuados que el niño, ahora adolescente, por una variedad de razones, ha tenido con sus figuras parentales, convirtiéndolos en características propias que favorecen el crecimiento en las variadas facetas –adaptación a lo social, interacciones con el otro y consigo mismo, cognición, relación con su cuerpo, proyectos de vida…-.

Enlace emocional, el cual permite que el adolescente signifique con alta importancia las retroalimentaciones e interpretaciones que el profesional ofrece, originando de esta manera procesos de pensamiento internos dentro de la sesión y entre una y otra, acerca de los temas dialogados y aquellos con los cuales se asocia, pudiendo conseguir una significación de la realidad que contiene mayor cantidad de variables a las que concebía anteriormente de cada encuentro terapéutico.

La nueva forma que el adolescente origina de la significación de su realidad es posible por el conocimiento que toma de sus memorias reprimidas –memoria emocional asociadas a situaciones, algunas traumáticas solo para el niño de primera infancia como el destete, el proceso de interiorización de la norma…, y otras traumáticas desde un punto objetivo como separación de los padres, maltrato intrafamiliar o abuso sexual-. Conocimiento que se da cuando estos hechos cohibidos se manifiestan en un discurso con el otro terapéutico.

Mediante esta exteriorización, y mediante el direccionamiento del profesional, el adolescente tiene la potencialidad para integrarlo con su memoria a la cual se puede acceder fácilmente, dando como resultado una visión propia que permitirá enfrentar efectivamente los desafíos tanto del medio como de sí mismo.

El segundo motivo por los cuales un adolescente requiere el desarrollo de un proceso terapéutico es que tenga un suceso inesperado –separación de padres, maltrato intrafamiliar, matoneo, abuso sexual..-, el cual tiene un efecto emocional negativo por sí mismo que aumenta en la medida que se combina con las transformaciones del adolescente en su vida normal –cambios de neurobiológicos, psicológico y social junto al duelo por la pérdida de la niñez-.

En este caso el quehacer del terapeuta se relaciona con permitir que el púber exprese su malestar emocional por estas vivencias insanas, restándole carga afectiva de esta manera. Además de lo cual el profesional puede asociarlas con algunas memorias emocionales traumáticas o desplacenteras de la primera infancia.

Con las intervenciones del profesional en las cuales el adolescente ha logrado un enlace afectivo como se dijo anteriormente, este sujeto conoce su parte reprimida, integrándola con sus memorias manifiestas y pudiendo desarrollar una forma de actuar que pueda solucionar sus inconvenientes actuales.

Por último, el  autor de este escrito siente que es esencial que los adolescentes que aparentemente son sanos puesto que no presentan inconvenientes visibles, también tengan la posibilidad de realizar un proceso terapéutico, o por lo menos el acceso a algunas citas con el profesional de la salud mental.

Esto puede servir para que el adolescente tenga más elementos para encontrarse con su mismisidad, puesto que ha explorado, bajo el direccionamiento de un otro terapéutico, su historia, memorias emocionales y los pormenores de los vínculos afectivos con sus primeros objetos de amor –padres-, pudiendo acceder, de este modo, a un incalculable material reprimido.

Así, el adolescente es capaz de construir una verdad con mayor cantidad de elementos, teniendo más herramientas emocionales para comprender su subjetividad frente a la realidad objetiva, posibilitando la creación de maneras sanas y estructuradas de existir.

Cabe anotar que la terapia con el adolescente no solo se debe reducir al discurso sino que también necesita tener otro tipo de metodologías como interpretación de pruebas y de sueños, herramientas para relajarse como mándalas, juegos simbólicos en los cuales se pide al adolescente que actúe como la persona a la cual esta criticando..

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