
La subjetividad es el proceso de construcción de lo subjetivo, que es aquello interno –pensamientos, emociones, deseos, interpretaciones…- que caracteriza a cada persona como alguien con diversas particularidades pero también con similitudes en comparación con otros individuos.
El proceso del desarrollo de la subjetividad se origina a través de una interacción con la realidad objetiva y un procesamiento interno de aquello que ha sido captado por los órganos de los sentidos, lo cual se nutre de las interpretaciones propias de su historia.
La subjetivización se da durante gran parte de la existencia. Sin embargo, cuando los adultos mayores manifiestan daños cognitivos y/o físicos significativos, ellos comienzan a ser relegados, por sus familiares, al olvido y la desatención, por lo cual son encerrados en la casa o en establecimientos para el cuidado del adulto mayor, sin la posibilidad que ellos compartan otro tipo de ambientes.
Además de estos vínculos emocionales disfuncionales entre los adultos mayores y sus hijos, existen otros casos en que los hijos por cuestiones laborales, modifican su lugar de residencia a otro país o ciudad lejana dentro de la misma nación, o igualmente pasa cuando el adulto mayor, por voluntad propia establece su hogar en un sitio campestre, alejado de hijos, sus amigos y lugares en que pueden establecer algún tipo de socialización –centros comerciales, lugares de recreo..-.
En esta última situación, las personas mayores de 60 años, movilizan su sitio de residencia a un lugar lejano, con la convicción que esto generará mucha tranquilidad en sus últimas décadas de existencia. Sin embargo, no se dan cuenta que dicha calma puede influenciar negativamente su deseo hacia las actividades que impliquen la interacción con los demás, los variados aprendizajes o la cotidianidad en general.
Con el distanciamiento que el adulto mayor toma, por uno u otro motivo, más las fallas en el procesamiento de información, los individuos de estas edades, desarrollan paulatinamente su proceso de desarticulación interna, y por ende, de desubjetivización.
El adulto mayor se convierte en alguien no deseante, con una existencia que se construye a través del interés del otro –hijos, nietos, cuidadores..-, quien en la mayor parte de las ocasiones se encuentra asociado a conservar condiciones para que los órganos vitales del cuerpo –pulmones, corazón..- se mantengan funcionando.
El adulto mayor es tratado como objeto de cuidados y no como un objeto de deseo, algo que lo despersonaliza, consiguiendo que él rechace dicho trato del otro, puesto que este no se encuentra vinculado con lazos emocionales funcionales, ocasionando que se inhiban sus ganas de vivir. Dinámica que ocasiona que el individuo mayor de sesenta años, estimule sus deseos de morir.
Los cuidadores, los cuales pueden ser familiares o personas externas, no se motivan y tampoco son capaces de escuchar en su desamparo a aquel adulto mayor que tienen más cercano, de tal forma que esta interacción, se caracteriza por no poder ofrecerle retroalimentaciones e interpretaciones adecuadas, tanto para posibilitar la reactivación de sus intereses con distintas cosas como para permitir que reviva sus intereses con las variadas socializaciones que puede tener.
En la medida en que el deseo del adulto mayor no tenga lugar en la mente del otro, quien lo pueda contener y lo pueda direccionar al desarrollo de algunos actos, este deseo se disminuirá hasta extinguirse, provocando la muerte psicológica y posteriormente la cesación de la actividad biológica.
Como conclusión, se podría afirmar que el proceso paulatino en el cual el adulto se desubjetiviza, se asocia con que el otro lo significa como un objeto de cuidado y no como un objeto de deseo, por lo cual no le otorga un lugar funcional en su mente, concibiéndolo como una cosa que no requiere interacción constante en la que los dos puedan comunicar y asesorarse mutuamente en la construcción de cosas –relaciones, acuerdos…
En la medida en que el adulto mayor se desubjetiviza, él pierde sus deseos de crear por lo cual se acerca a la muerte, entendida como punto en que existe una total inactividad tanto física como mental. De este modo, la supremacía de la pulsión de muerte desactiva el pensamiento y los otros sistemas fisiológicos.