
La decepción infinita de la niña con su madre al percatarse que la adulta, a pesar de ser quien complementa al padre, no tiene el falo que él posee bajo la creencia de la menor –falo desde el punto de vista simbólico es aquello que el padre tiene y que sirve para complementarlo. Esto falo a simple vista es el pene pero implica muchas cosas más-.
Dicha decepción ocasiona que la hija quiera establecer un vínculo fusional con aquella figura parental quien, según la menor, es dueña del poder fálico. De esta manera, la hija mujer orienta su deseo de posesión hacia el padre, por lo cual ejerce acciones constantemente de coquetería.
Al mismo tiempo que es depositante del deseo de la menor, el padre tiene como función, desde lo cultural, demandar que su hija interiorice una ley social y aprenda a adaptarse a ella, lo mismo que aprenda un lenguaje y logre motivarse por otros entornos diferentes a los de su familia nuclear.
El doble papel del adulto masculino ocasiona que, en variedad de ocasiones, los límites entre padre e hija se pierdan. El padre se olvida de ser quien representa la autoridad, pues se siente regocijado con las tantas atenciones de su pequeña, no pudiendo tampoco controlar la manifestación de estas, debido que actúan positivamente sobre su autoestima, mucho más si él tiene problemas con ella.
Al mismo tiempo, la hija aprovecha la falta de claridad de su padre con él mismo, al ejercer doble función, intentándolo manipular para que pueda obtener aquello que ella quiere, a pesar que sabe que no esta permitido. En este punto, la menor conoce el deber ser pero no lo ha interiorizado como parte de sus patrones de pensamientos y conducta.
A diferencia del niño, quien intenta luchar directamente con el macho dominante –el padre-, para obtener lo que él quiere y demostrar que controla la dinámica edípica, la niña intenta manipular soterradamente al padre, mediante la estimulación del nivel disfuncional de narcisismo del adulto, por lo cual ella puede conseguir sus objetivos en caso que la figura paterna necesite el reconocimiento de la menor.
Intento de manipulación que no se encuentra acompañado por “noes” constantes como el varón, sino que pueden ser asociados con lágrimas, palabras bonitas hacia el padre, regalos –sus propios juguetes, flores encontradas en la calle..- o acciones que muestran la preferencia de la hija hacia el padre sobre la madre.
El movimiento relacional que se ha tornado disfuncional entre padre e hija, es tratado de equilibrar por una madre que debe asumir el papel de exigencia de una normatividad social. La adulta deja de realizar su papel de figura continente para ejecutar su nueva labor de prohibidora del lazo de exclusividad que la hija quiere implementar con su padre.
En otras ocasiones en que el adulto tiene dificultades para implementar con firmeza los límites o el impedimento, él lleva a cabo este acto mediante el grito desmesurado, algunas veces junto a maltrato verbal, contra el menor. Respuesta negativa que se cambia posteriormente, de tal manera que el padre permite a su hija cumplir la acción antes obstaculizada por él mismo.
La niña aprende a conocer a su padre, incentivando y dejando que él explote a nivel discursivo hasta tal punto que sienta culpa por haberlo hecho. La hija reconoce este momento y aprovecha para pedir a su padre aquella cosa a la cual se opuso anteriormente, obteniendo lo que desea e incluso algunas cosas más.
Junto a estas dos distintas formas descritas que pueden suceder con las hijas que no han finalizado el proceso Edípico, las cuales se caracterizan por la manipulación constante de la figura paterna, existen innumerables casos. Ejemplos que demuestran, la facilidad en que este proceso puede distorsionarse y dificultar la interiorización funcional de la ley por parte de la niña.
Una forma en que el padre adquiere fortalezas para evitar el deseo de manipulación continua de su hija, el cual no solo lo toca a él como humano particular sino a él como representante de la sociedad, es que las dos figuras parentales formalicen unos acuerdos de los comportamientos que se permitirán y aquellos que prohibirán por parte de la menor, junto con las formas en que se controlaran dichos deseos por realizar acciones por fuera de la ley, los castigos en casos necesarios…
Los consensos de los dos padres traerán múltiples beneficios, incluidos que los papas que requieran realzar su autoestima a través de las atenciones y “coqueterías” que les haga su hija, lo cual pocos tienen consciencia, tenga una herramienta objetiva de la cual sujetarse con el objetivo de no sucumbir ante estos intentos manipulatorios, pudiendo controlar los ímpetus de la menor de manera firme, pero también exteriorizando continencia hacia ella en cuanto la empatía con sus emociones negativas y la incentivación de actos de posposición de su deseo o actos alternativos para transformarlo.