
Desde que se encuentra viviendo dentro del vientre materno, el feto se caracteriza por existir emocionalmente a través del deseo del otro sobre él. Incluso, cuando los padres no tienen ninguna motivación por este embarazo, se produce un deseo definido por la no presencia de este, el cual desembocara en un aborto inducido, la pérdida natural del feto o la transformación de su no interés, por una opinión vinculada a las emociones positivas ante este embarazo.
Dicha determinación en el deseo de las otras personas, permite que el nuevo ser en crecimiento dentro de la integridad de su madre, adquiera un lugar específico en el discurso, por lo cual este niño antes de nacer es inscrito en un mundo humano que solo existe por medio de la palabra.
En el momento del nacimiento, el bebé se inscribe en el plano real, dejando de ser alguien imaginado por los otros, por lo cual las expectativas que hayan tenido las demás personas, se pueden personificar en alguien concreto. Adicionalmente, al nacer, el pequeño lo hace con sus deseos de vida altos puesto que le permitieron desarrollarse físicamente durante nueve meses.
De esta forma, el niño de días y después el de meses, puede unir en su mismisidad, tanto sus deseos como los de la sociedad, los cuales puede captar por medio del lenguaje y contactos corporales. Sobre estos deseos, él empieza a construir una individualidad, depositada en el inconsciente.
Inconsciente que para el presente autor se encuentra muy relacionado con el material que maneja el sistema límbico puesto que hay emociones y recuerdos emocionales que no se encuentran mediados por la palabra. No mediación ocasionada debido que el sujeto de tan poca edad no ha adquirido y/o desarrollado los códigos lingüísticos suficientes como para definirse un sujeto del lenguaje.
Al ser depositados en esta parte de su cerebro, el individuo pequeño no puede acceder a estos recuerdos fácilmente, sino con el desarrollo de procesos terapéuticos. Sin embargo, estos contenidos consiguen manifestarse en algunas vivencias aisladas –sueños, lapsus en el lenguaje, dibujos, folclore…-.
Aquello que no se encuentra mediado por la palabra, es imposible ser representado por ella, haciendo parte del deseo no reconocido pero que a pesar de su no conocimiento, es capaz de empujar las motivaciones del individuo después que el niño ha desarrollado un lenguaje cultural que le permite expresarse sin que las otras personas tengan que “prestarles palabras”.
De esta manera se puede observar como el accionar del niño en sus primeros años, corresponde al deseo que un otro, especialmente los padres, ejercen sobre él. Deseo que en la adolescencia cambia del otro parental a otro de pares y de figuras que reemplazan a las figuras parentales –profesores, ídolos, influencers…-, y otro que en la adultez se añaden a nuevas personas –pareja, jefes, hijo…-.
El individuo no se puede zafar totalmente acerca que su deseo se encamine hacia aquello que el otro social pretende sobre él, permitiendo de esta manera sentirse reconocido y querido por ese otro social. A pesar de esto, en la medida que pasa el tiempo, el sujeto emocionalmente sano da especificidad a ese deseo, haciéndolo propio -El sujeto toma como propio, sus propias motivaciones y lo que el otro anhela de él-.
Dicho deseo lo deposita el individuo en su propio cuerpo, en las interacciones con las demás personas y con las cosas. Interacciones determinadas por un discurso particular con cada una de ellas, logrando determinadas características, vínculos y resultados.
Sin embargo, el sujeto muchas veces se siente desequilibrado puesto que no se ha apropiado de su deseo, concibiéndolo como producto solamente de la influencia de otros, sin tomar en cuenta que él internamente ha tomado posesión de las motivaciones de los demás con los cuales se ha identificado y adecuado a su mismisidad.
El desequilibrio producido, solo se puede saldar cuando el ser humano manifiesta el deseo a nivel discursivo, de tal manera que pueda reconocer su deseo originario así como aquellos que han sido dado por otro, integrándolos de manera consciente, pudiendo re-significarse a sí mismo.