La zona erógena es cualquier región corporal susceptible de provocar una satisfacción de tipo sexual. En los adultos, esta zona se encuentra asociada con el pene en el hombre y con la vagina-clitoris en la mujer, mientras que en el niño, las zonas erógenas son la boca, el ano-uretra y el pene o la vagina-clitoris, todas ellas sin un fin de procreación y/o de placer genital.
Aclarando acerca de la sexualidad del infante, esta es ajena a cualquier deseo genital debido que dicho deseo se asocia con las hormonas sexuales, cuyo despertar es a partir de los ocho o nueve años. Así, la sexualidad en la primera infancia, se encuentra ligada al placer que produce el contacto físico cercano –abrazos, besos, caricias..-, el cual simula, o por lo menos trata de hacerlo, con el vínculo fusional que tuvieron madre e hijo durante los nueve meses del embarazo.
La primera zona erógena del niño es la boca, específicamente los labios, puesto que con ellos, el pequeño puede succionar el pezón de la madre, obteniendo satisfacción de dicha acción, y a la vez consume el alimento de su seno. La succión y la alimentación por sí mismas son placenteras, bienestar que es aumentado en la medida en que la madre establece un contacto afectivo con su hijo a través de esta función.
En efecto, en la medida en que la adulta desarrolle con su bebé, una comunicación a base del contacto corporal junto a un discurso, en el cual predomine unos comportamientos y verbalizaciones asociados con dar afectos positivos y contener en el menor sus emociones negativas, él podrá significar su boca y sus labios como aquella parte del cuerpo que genero vínculos emocionales saludables y representaciones positivas entre madre e hijo.
En caso contrario, o sea que la alimentación de seno adicionado a los contactos entre madre e hijo, hayan sido dañinas, debido a variadas circunstancias –no producción suficiente de leche, depresión post parto, apegos inseguros..-, el hijo no tendrá una simbolización adecuada de las vivencias ocurridas en las interacciones referentes a esta zona erógena.
La segunda zona erógena es la anal-uretral, la cual toma esta connotación porque tanto papá como mamá, después de los dos años de su hijo, ponen especial énfasis en que el menor aprenda a controlar sus esfínteres, realice estos actos en lugares permitidos, acompañados de acciones de aseo.
La enseñanza de evacuar, retener y posteriormente limpiar, conlleva una gran variedad de intercambios lingüísticos entre los adultos y los menores, incentivando que las sensaciones corporales antes mencionadas, produzcan mucho placer por sí mismas, incrementándose cuando son acompañadas de conductas y verbalizaciones de las figuras parentales que demuestren cariño, interés, preocupación…
Las integraciones continúas entre adultos y niños con este tema provocan que la zona uretral-anal se convierta en una zona erógena. Si en estas comunicaciones, los mayores se caracterizan por valorar más el procedimiento para evacuar en los sitios permitidos –sentarse con técnica adecuada, permitir su limpieza posterior al acto..-, dando refuerzos positivos por medio de palabras en las cuales se induce al menor a la producción de estas, el niño podrá estimular su motricidad hasta dominar sus procesos, no solo aquellos asociados con esta función sino otros sin relación alguna con el control de esfínteres –correr, saltar…-
En el otro extremo, se encuentran los padres que dan énfasis al contenido de la micción y de las heces, pudiendo ocasionar consecuencias como hijos con dificultades en los procesos motrices, por lo cual no toman riesgos de este tipo, lo mismo que infantes que dan demasiada importancia a los resultados sin tener en cuenta los procesos, y sujetos que manejan una dicotomía muy marcada en el extremo orden-desorden.
La tercera zona erógena es aquella constituida por el pene en el niño y la vagina-clítoris en la niña. El niño o la niña toma consciencia de la existencia de estos órganos, cuando se da cuenta de la diferencia entre los dos sexos, la mayoría de las veces por cuenta propia, lo cual es una experiencia que comienza por la visualización y reconocimiento del sí mismo en el espejo.
Cuando el infante, sea hombre o mujer, visualiza que el hombre tiene algo anatómico que la mujer no tiene –pene- y que la mujer posee una cosa que el hombre no –senos-, esto desarrolla variados intercambios entre los adultos y sus hijos, lo cual también puede implicar el tema del origen de los niños.
Temas que el pequeño requiere aclarar y lo hará por medio de intercambios comunicativos con sus padres. En estos mensajes que van y vienen alrededor de sus órganos sexuales, estas partes anatómicas obtienen el alcance de zona erógena por la importancia que se le otorga en el lenguaje, lo cual esta por fuera de los objetivos de procreación o genitales.
Importancia que es otorgada por dos clases de padres. Aquellos que explican de una forma adecuada la diferenciación entre sexos y la procedencia de los hijos, y las figuras parentales que se ponen nerviosos, balbucean y cambian de tópico cuando su pequeño cuestiona sobre este asunto.
De cualquiera de las dos maneras el niño infiere que las conductas y palabras o ausencia de estas, dan una significación especial hacia estas dos partes corporales -el pene y la vagina-clitoris-. El niño presta mucha atención a las respuestas de los adultos, tanto así que esto desarrolla algunas competencias, entre ellas el gusto por investigar que existe más allá de las explicaciones obtenidas por los adultos.