
Para aquellos padres que han deseado estar en ese lugar –ser padres-, aunque no hubiesen planeado sus hijos en un momento determinado, los doce primeros años de su descendiente se caracterizaron por bastantes satisfacciones asociadas, muchas de ellas, al cumplimiento de sus propias fantasías infantiles a través de su pequeño, mientras que otras, se encuentran ligadas al engrandecimiento de su propia estima al significarse como alguien necesario para el menor.
Sin embargo, esta situación se modifica un poco antes que su hijo comience su etapa de la adolescencia –pre adolescencia-, puesto que el menor experimenta transformaciones neurobiológicas, psicológicas y sociales, las cuales demandan el inicio de movimientos independentistas del núcleo familiar con el propósito de la construcción de su propia identidad.
El “nuevo hijo” puede romper con el ambiente de tranquilidad dentro de la casa, en caso que exista, y generar, en las situaciones más livianas, pequeñas alteraciones del orden que se pueden solucionar con acuerdos entre los padres y, reglas claras que el adolescente no consiga manipular, pero también puede ocasionar, en las situaciones más profundas, descompensación familiar con graves consecuencias –maltrato, separación entre padres, clima familiar inaguantable…-.
Muchos padres se resienten por la transformación de conductas de su hijo hacia ellos. Acciones de las menores que antes eran alimentadores del narcisismo de las figuras parentales pues ellos se significaban como héroes o ideales, ahora son actos descorteses o distantes, provocando diversas crisis en padre y madre.
Aquellos progenitores que han gozado y basado su equilibrio emocional en la idealización que su hijo niño ha hecho sobre ellos, han cargado esta representación del menor de una manera tal, que la han convertido en una fantasía –facultad humana que permite reproducir, por medio de imágenes mentales, cosas pasadas o representar sucesos que no pertenecen al ámbito de la realidad-, así como también lo han hecho con las vivencias compartidas entre padres e hijos.
Un hijo fantaseado que deja de existir, para darle paso a un adolescente frio, distante, calculador, conflictivo…, deja en los padres un inmenso vacío, el cual algunos no tramitan de forma adecuada, teniendo demasiada nostalgia en el crecimiento de su hijo, tanto así que no estimulan que el adolescente se adapte sanamente a la sociedad, ejecutando acciones como presionar a su hijo para que pase demasiado tiempo dentro del espacio familiar, la negación de cualquier tipo de permisos para realizar actividades con sus pares, no imposición de tareas dentro del hogar o prohibirle el acceso a la información de ciertas temáticas, entre otras cosas.
Detrás de este duelo que los padres se niegan a asumir emocionalmente, se encuentra la ganancia egocéntrica de ellos puesto que no pretenden desestabilizarse, en la medida que si dejan de ser el ideal de su hijo, tendrían que revisarse internamente, como seres individuales y como pareja, algo de lo cual no están interesados,
Los adultos necesitan enfrentar dicha resistencia para asumir que sus hijos adolescentes se encuentran en el proceso de separarse de ellos, de tal manera que puedan ejecutar un duelo funcional por la pérdida de su hijo fantaseado para asumir un real adolescente.
Real adolescente que requiere un manejo sano mediante acuerdos permanentes entre los dos padres sobre las distintas maneras de estimular a su hijo para conseguir su independencia, pero, de forma simultánea, exigir de él la presentación de ciertos comportamientos.
Parte de este darse cuenta que este niño fantaseado no corresponde al actual adolescente, y posiblemente tampoco ha existido tal cual esta siendo representado por los padres, es facilitado por una comunicación de pareja, en caso que exista, en la cual ambos expresen aquellas cosas que sienten por el duelo y enfoquen sus esfuerzos a la estimulación de su hijo en esta nueva etapa y al vínculo afectivo entre la pareja.
Dicho duelo permitirá darle facilidades a su hijo adolescente para la construcción de una identidad, teniendo como base los valores y conceptos interiorizados durante su niñez, pero con apertura hacia los aprendizajes nuevos y a un proceso de independencia responsable.
La independencia responsable se encuentra asociada con la interdependencia, o sea que el adolescente necesita aprender a empoderarse y ser responsable de ciertas cuestiones, especialmente en el cuidado de sí mismo, la proyección de su futuro o el cumplimiento de sus funciones, pero también debe tener la habilidad de agruparse en colectivos funcionales para la consecución de objetivos que son complicados o imposibles hacerlos de forma individual.