El estrés académico, según la organización mundial de la salud, es una reacción de activación fisiológica, emocional, conductual y cognitiva ante estímulos y eventos académicos. Dicha activación ocasiona malestar o displacer puesto que se contrapone a la estabilidad psicológica dada por la quietud o el no movimiento.
Cierto nivel de malestar puede producir efectos positivos en el sujeto puesto que lo induce a encaminar sus esfuerzos para afrontar con funcionalidad una situación determinada –en este caso una actividad con fines académicos como la presentación de un examen, la realización de un trabajo..-.
Sin embargo, cuando el sujeto significa el malestar como demasiado e inmanejable, esto puede generar consecuencias negativas a nivel cognitivo –pensamientos de incapacidad, bloqueos, dificultad para manejar la atención, inconvenientes para memorizar…-, a nivel físico –dolores de estómago, cabeza y/o musculares, agotamiento físico, diarrea..-, a nivel emocional –desequilibrios, incapacidad para controlar emociones, ataques de pánico y ansiedad…- a nivel comportamental –acciones de evitación, consumo de bebidas energéticas…- y a nivel social –desaparición o escaso deseo para el hacer de cualquier acción por fuera del estudio como deporte, relaciones de pareja o diversión-.
La dificultad que tienen los adultos jóvenes para manejar adecuadamente sus exigencias académicas se asocia con las escasas herramientas emocionales para este tipo de adaptación, lo cual implica soportar y darle efectivas soluciones a eventos con capacidad para generar presión y frustración.
Estas escasas herramientas se han adquirido por un vínculo disfuncional del actual adulto joven con sus padres, especialmente en su primera infancia, lo cual no ha permitido que estos sujetos tengan una autoestima equilibrada, y tampoco ha permitido que hayan interiorizado competencias blandas –manejo de conflictos, control emocional, tolerancia a la frustración..-.
Dichos lazos disfuncionales tienen una gran cantidad de consecuencias negativas, una de las cuales es que los individuos interpretan una gran variedad de estímulos nuevos –aquellos que originan el estrés puesto que el organismo se activa para enfrentarlos-, con una cantidad de energía devastadora, produciendo respuestas inadecuadas como se explicó anteriormente.
De esta forma, se puede deducir que cualquier tipo de estrés, incluido el académico, es una respuesta sana que proporciona el organismo, cuyo principal objetivo es permitir enfrentar con eficacia determinados estímulos, la mayor parte de las veces esto ocurre con las situaciones nuevas.
Empero, cuando el adulto joven siente que el estrés académico es sumamente amenazante puesto que no le permite afrontar esta situación con una solución particular que lo equilibre nuevamente, él necesita revisar en su mismisidad para encontrar habilidades que le permitan hacerlo.
Revisión que implica desarrollar un proceso dialogado con un otro terapéutico, que propicie la manifestación de las emociones displacenteras para reducirles carga afectiva negativa, y para poder implementar un proceso de enlazar esas emociones con vivencias de su pasado.
La asociación resultante dará como resultado una re-significación tanto de ese pasado nocivo como de sus figuras formadoras más representativas, y por ende, una apertura emocional para visualizar el presente de otra forma. Una manera en la cual el estrés no se sienta como algo amenazador.
Disminuir la demasiada carga negativa de las emociones junto con re-significar las vivencias pasadas a través de la palabra, puede equilibrar el nivel de cortisol, el cual es la hormona que se asocia con la producción de estrés y la función inmunológica. Un cortisol a nivel adecuado permite que el individuo interprete positivamente las situaciones nuevas y que tenga el cuerpo preparado para actuar en pro del dominio de esta nueva realidad.
Aunque la palabra tiene un efecto directo para equilibrar un nivel disparado de cortisol, existen otras acciones, no tan efectivas, pero que pueden convertir el estrés en algo soportable para el sujeto, algo que funcionaría para la prevención de disfuncionalidades emocionales u orgánicas.
Actividades como disfrutar de espacios de esparcimiento con familia y amistades, ejercicio tres veces a la semana, meditación profunda, yoga o cambios en los hábitos alimenticios –rebaja de alimentos con alta cantidad de azúcar o de grasa, disminución de las bebidas alcohólicas-.