
Las diferentes interacciones que la niña observa, desde el primer día de vida, de su madre con su padre o con otros adultos, permiten escuchar que la maternidad es significada como un periodo muy especial de grandes satisfacciones tanto durante el tiempo del embarazo como después de este en las variadas vivencias –lactancia, baño, enseñanza de lenguaje..-.
Por su identificación con la figura materna, la niña toma esa interpretación como propia. Sin embargo, por su imposibilidad para sentirla como tal –la niña no puede ser madre-, idealiza esta representación de la experiencia de la adulta, convirtiéndola en algo que direcciona su vida tanto a largo plazo –deseos de tener hijo- como a corto plazo –juegos simbólicos en los cuales ella es la madre, actitud maternal respecto a niños pequeños o animales indefensos..-.
De esta manera, el ser que apenas se encuentra en el periodo de su niñez, está influenciado desde antes que aprendiera a hablar, por el ideal que tener descendencia producirá un estado de máxima felicidad, superior a cualquier otra cosa.
Dicha influencia se convierte en una determinación para las mujeres debido a muchas razones: La inmensa capacidad protectora que tienen ellas respecto a los hombres, el hecho que la mujer solo puede tener hijos hasta una edad mucho menor que la del hombre, la cultura “machista” que asocia el bienestar de la mujer con el número de hijos que tenga, la palabra de las religiones, entre otras razones.
Así, se puede observar que la familia nuclear, la familia extensa y el contexto social, encaminan a las menores a pensar que la maternidad es algo fundamental en la existencia. Sin embargo, esta interiorización se lleva a cabo de una manera disfuncional, puesto que este estado de bienestar producto de ser madre, no esta enlazado con el vínculo afectivo sano con un otro, el cual se caracteriza por el desarrollo de un proyecto de vida colectivo con la obligatoria formación de un equipo de trabajo estructurado.
Así, la mujer, por la presión de su reloj biológico, siente con mayor intensidad la necesidad de ser madre a partir de los 30 años, lo cual la lleva a buscar este estado, muchas veces sin la presencia de un otro deseante. Ellas implementan para este objetivo algunos actos que pueden connotarse como artimañas –supuestas fallas en la utilización de los métodos anticonceptivos, congelación de óvulos para después utilizarlos con cualquier persona, actos sexual sin usar anticonceptivos con el propósito de quedar embarazada sin informarle al otro…-.
Artimaña en el sentido que la otra persona no tiene el conocimiento, y menos la capacidad de decisión, acerca de si acepta o no ser utilizado por la mujer para que ella consiga embarazarse. Desde este punto de vista, convertirse en madre es algo plenamente egoísta, justificado solamente desde la individualidad.
Como conclusión, se podría afirmar que en caso que la mujer quede en embarazo bajo estas circunstancias, ella esta conservando una concepción infantil de maternidad. Significado en que dicho estado solo depende del querer de la madre y no de un interés y unos acuerdos entre los dos adultos.
Alcanzar un embarazo de esta forma es una acción éticamente reprobable pues no corresponde a un convenio colectivo sino al engaño de un otro a cualquier costo, comportamiento que también puede denotar ciertas irregularidades en el proceso de interiorización de la norma que esta mujer tuvo en su primera infancia.
Desordenes o irregularidades que pueden tener sus raíces en lazos emocionales disfuncionales entre las figuras parentales y entre ellos con su hija, de tal manera que la adulta no permitió que un otro social tuviera la suficiente importancia como para romper el vínculo demasiado estrecho entre ella con la menor. Otro social encargado de introducir a la niña en un orden normativo y de lenguaje
De tal manera, la niña creció con el concepto acerca que es permitido realizar la totalidad de actos que se desee sin necesidad de conseguir acuerdos con un otro, aunque estas acciones solo se puedan implementar colectivamente. Solo es cuestión de manipular el deber ser.
Con esta realidad psicológica de la madre, no es descabellado la deducción acerca que repetirá con su hijo las falencias que tuvo con sus figuras parentales. La nueva madre tiene altas probabilidades de no dejar que el padre u otro sujeto rompa el lazo fusional entre ella y su hijo, por lo cual este pequeño puede tener inconvenientes de límites, adaptación…