
El animus son las memorias en el cuerpo femenino de las experiencias ancestrales masculinas. El animus corresponde al sello varonil en la mujer, o sea algo relacionado con la racionalidad, agresividad, las ideas fijas y conservadoras lo mismo que el orden, cuya objetivo es imponer algo y así lograr el equilibrio dado por el cese de movimiento.
Por otro lado, el anima se refiere a los recuerdos en el cuerpo masculino de las experiencias ancestrales femeninas. Esta –anima- corresponde a la emocionalidad, la protección, posibilidad de integrar y de crear, pudiendo presentarse por lo menos en un principio, caos y desorganización debido al rompimiento de paradigmas.
Ambos elementos –animus y anima- son dos opuestos que antes de los cuarenta años tienen mucha dificultad para unificarse, exceptuando que el sujeto haya sido participe en el pasado o lo esté haciendo en el presente, de un proceso terapéutico que permita este objetivo.
Otra cosa ocurre cuando el sujeto ha cumplido los cuarenta años. En esta edad, el hombre es consciente de sus muchas pérdidas o limitantes por lo cual es capaz de conectarse con su otro lado, aquel del cual no quería saber de su existencia hasta el tiempo presente, pero que le permitirá asimilar y reponerse emocionalmente a las situaciones conflictivas que se encuentra experimentando.
El hombre de mediana edad que se conecta con su anima, tiene la capacidad de manejar un alto nivel de erotismo y romanticismo, lo mismo que desarrollar una sabiduría basada en el encuentro entre conceptos formados desde la racionalidad con aquellos desarrollados desde la emocionalidad y desde la espiritualidad.
Por el lado femenino, el desequilibrio emocional producto de diversas situaciones como la menopausia, el nido vacio…, se puede utilizar, en caso que ella acepte su lado masculino, ordenando aquellas vivencias y emociones desestabilizadores de manera que se puedan enfocar hacia fines positivos.
Igualmente, la conexión de la mujer con este animus permite que ella adquiera habilidades y deseos para auto-protegerse, sin necesitar de un otro que lo haga o que la apoye en esta función, lo cual promueve un mayor nivel de independencia y que ella manifieste mayores fortalezas para alcanzar sus intereses
De esta forma, la mujer se encuentra en capacidad de conseguir la sabiduría en un proceso contrario al del hombre, o sea partiendo de la emocionalidad y espiritualidad hasta llegar a la racionalidad, camino que se logra accediendo a su opuesto masculino pero sin renunciar a su mismidad característica.
Integrar el anima y el animus puede darse con mayor facilidad en los individuos de mediana edad puesto que ellos han finalizado el proceso de adquisición tanto de su identidad individual –adolescencia- como de su identidad social –adultez joven y adultos entre 25 a 40 años-, por lo cual se encuentran en el camino de construcción de su sello particular que dejaría efectos positivos tanto en sí mismo como en los demás.
Dicha construcción requiere la capacidad de unir variados puntos extremos, uno de los cuales es aquel referido a su masculinidad y feminidad. Pudiendo realizar esto, el sujeto entre 40 y 60 años, también tendrá la capacidad para integrar las otras ambivalencias como aquella de sus rasgos positivos y negativos de personalidad, y aquella de sus vivencias placenteras con sus vivencias traumáticas.
El autor de este texto, piensa que en la mediana edad, los sujetos poseen mayor cantidad de herramientas que en las etapas anteriores para conocer, sin la implementación de procesos terapéuticos, el material que ha sido reprimido. Represión que ha ocurrido para no generar malestar y/o sufrimiento en la medida que es contradictorio con el que ha estructurado al individuo desde sus primeros años.
Sin embargo, a pesar de la mayor facilidad en esta etapa de desarrollo para conseguir que el anima se incorpore al animus y viceversa, esto no se podrá llevar a cabo de manera profunda sin la escucha de un otro terapéutico, el cual con sus retroalimentaciones y con la representación que otorgue el paciente de él, incentivará la exteriorización, dentro del discurso, del material latente, por lo cual este se conocerá, permitiendo así que lo latente y lo manifiesto se conecten.
Antes de finalizar el presente escrito, es necesario anotar que el animus y anima en los adultos de mediana edad depende de como estos sujetos han transformado las imágenes paterna y materna que han interiorizado, teniendo como base las interacciones con sus figuras parentales, especialmente durante la primera infancia, a la re-significación que hagan de la imagen de padre y madre en el momento en que asumieron este papel con sus propios hijos, y a la re-significación de esa misma imagen en la actualidad que sus figuras parentales son adultos mayores.