La depresión, según el manual de psicopatología, es un estado de ánimo que denota tristeza, melancolía, desanimo, abandono, desamparo etc. Este estado dura al menos dos semanas e incluye síntomas cognitivos –sentimientos de poca valía e indefensión, indecisión, pensamientos recurrentes de muerte- , y funciones físicas alteradas –sueño, alimentación, perdida de energía y cambios abruptos de peso-.
Los síntomas de la depresión provocan malestares significativos o deterioro social, no se dan debido a los efectos fisiológicos de una sustancia –droga, medicamento- o de una enfermedad y son síntomas que no se explican mejor por la presencia de un duelo.
La depresión se caracteriza por el poco o nulo interés y capacidad para experimentar cualquier placer en la vida, incluidas las interacciones con la familia o los amigos, los logros a nivel escolar o laboral –la incapacidad para sentir placer se llama anhedonia-.
En la mediana edad, esta disfuncionalidad ocurre a raíz de un procesamiento subjetivo inadecuado de las modificaciones físicas –menopausia en la mujer, menor capacidad de resistencia y coordinación con respecto a otras edades…-, emocionales –auto rumiación y culpabilidad por no lograr algunas metas, sentimiento de vacío..- y relacionales –dificultades para los procesos adaptativos, nido vacío..-, algo que en algunas situaciones se combina con otros sucesos –pérdida de empleo, incapacidad para tener hijos, ruptura de pareja..-
Dichas fallas profundas que el individuo tenga para enfrentar con funcionalidad su nueva realidad, puede dar lugar al estado de ánimo depresivo, el cual, además de los síntomas anteriormente mencionados, también puede producir la realización de conductas que no corresponden a la edad cronológica actual -40 a 60 años-.
Muchos sujetos se alteran tanto por este malestar que acuden inmediatamente a psiquiatría para obtener una medicación que convierta en equilibradas o planas las emociones, impidiendo de esta manera que la sintomatología del trastorno depresivo se presente otra vez.
De esta forma, el consumo del medicamento con una cantidad considerable, sin un proceso terapéutico que lo acompañe, nivela las emociones tanto que las pone en un punto muerto. El sujeto deja de sentir malestares anímicos, no teniendo necesidad de resolver sus conflictos con los otros y consigo mismo mediante un discurso con un otro terapéutico o las interacciones adecuadas con los otros.
Muchos de estos individuos sienten satisfacción por este estado superficial de tranquilidad, y se quedan en este lugar cómodo, puesto que no sienten la exigencia de explorar su mismidad, con el consecuente encuentro y posterior integración de su presente con sus vivencias traumáticas, especialmente las que no se conocen pero han determinado en el tiempo diversas de sus reacciones.
El sujeto de mediana edad que consume medicamento psiquiátrico, además que no se exige en su indagación propia acerca de las raíces de su problemática debido que no presentan emociones de tristeza descontroladas, tampoco tiene el interés por investigar las muchas ambivalencias que posee en la medida que es alguien con una historia particular y en la medida que como la totalidad de los seres humanos tiene un lado encaminado solamente al sí mismo, el cual se contrapone con aquel lado referente a su lado social.
Fuera de hacer un efecto de no generar crisis emocionales en la persona que ingiere el medicamento para controlar la depresión, su toma también produce beneficios en los familiares del adulto de mediana edad pues ellos no se sienten presionados a modificar las posibles disfuncionalidades en las interacciones dentro del hogar.
Esta clase de familiares se pueden oponer, tanto de forma proactiva como de forma pasiva, a la disminución paulatina o total del medicamento o también oponerse a la realización de los procesos terapéuticos en la persona con trastorno depresivo dentro del círculo hogareño, puesto que eso implicaría transformar la dinámica cotidiana, ocasionando que cada miembro se cuestione sobre cual ha sido su contribución en este ambiente.
Al hacer esto, los familiares requieren mirar sus características en su comunicación con la persona diagnosticada como depresiva junto con la revisión de aspectos internos, lo cual se resisten a realizar puesto que los obligaría a asumir responsabilidades y compromisos de mejoramiento.
La principal conclusión de este texto, es que la medicación psiquiátrica para los trastornos depresivos debe darse solamente en la medida en que el sujeto haya presentado ideaciones suicidas o tenga una alteración significativa de su funcionalidad en diferentes niveles.
Aunque se tome dicha medicina, esta no requiere tener tan alta dosis como para poner en un punto muerto o completamente equilibrado las emociones, dejando estas –las emociones-, las cuales tienen una función adaptativa, sin sustento para funcionar, y por ende, sin capacidad de resolver las molestias internas.
Adicionalmente, sea o no que exista un manejo farmacológico a la depresión, también debe darse la oportunidad que la persona y en algunas ocasiones la familia, acceda a un proceso terapéutico en el cual se conozca la dinámica consciente e inconsciente que ha dado origen a esta patología, y se pueda curar, o por lo menos lograr que el sujeto conviva funcionalmente con ella.
Objetivos que se pueden obtener con la integración entre material exteriorizado en las sesiones con el movimiento psicológico ocurrido entre sesión y sesión, y con el vínculo emocional que el paciente adquiera con el terapeuta, re-significando de esta forma el lazo emocional poco sano que el sujeto depresivo tuvo con sus padres, especialmente en su primera infancia.