Dar lugar al hijo.

La presencia de las personas dentro del plano de la realidad, se encuentra determinad por dos cosas: Su parte corporal y la inscripción que se hace de ese cuerpo en una cultura, a través del lenguaje. Ambas se encuentran relacionadas y son las responsables tanto de la salud física como de la salud emocional de cada sujeto.

Esa inscripción de una persona dentro de una cultura, tiene su origen cuando dicho ser se encuentra dentro de la barriga de su madre. En efecto, en ese tiempo, mayormente los padres, pero también otros miembros de la familia, lo comienzan a nombrar como hijo, dar afectos, poner expectativas, motivaciones, y significarlo con un nombre determinado.

Después del nacimiento, el pequeño tiene una relación casi fusional con la madre, lo cual poco a poco disminuirá debido a la dinámica de ausencia-presencia –algo que se ha explicado en escritos anteriores-. Dinámica que debe estar acompañada de verbalizaciones de los padres, especialmente la madre, hacia el menor, acerca de sus emociones, expectativas, las actividades que están haciendo…

En las verbalizaciones, la madre debe “prestarle palabras a su hijo” exteriorizando las emociones que siente que su hijo tiene, ante determinada necesidad, objeto, persona, suceso o experiencia, lo cual realizará con base en los gestos de su hijo y que la madre conoce.

El niño se expresa por medio del lenguaje de su madre. En este momento, el deseo del hijo comienza a tomar un lugar en el sistema comunicacional, y por ende, en la cultura, lo cual se va complejizando en la medida en que el pequeño crece, puede conocer sus motivaciones mediante los procesos exploratorios que lleva a cabo de forma independiente y en compañía de los dos padres, quienes lo introducen en ambientes que ofrece variadas características físicas e interacciones con personas novedosas a la familia nuclear. Esta toma de lugar del deseo del niño en el lenguaje, también se encuentra relacionada con el mejoramiento de sus capacidades para informar con mayor claridad su deseo.

Al conocer su deseo, el pequeño tiene más herramientas para saber quien es –sus fortalezas y limitaciones-. Herramientas que necesitan ser fortalecidas con un vínculo emocionalmente cercano con sus figuras parentales. Vínculo afectivo en los cuales se compartan de manera constante espacios de formación y esparcimiento, lo mismo que conocimientos de sus emociones, contención de aquellos desequilibradas, junto con enseñanzas para su manejo adecuado.

Dicho vinculo afectivo sano necesita que la opinión del niño pueda ser tomada en cuenta para algunas decisiones –paseos dominicales, sitios de vacaciones, lugares de comida, conversaciones acerca de la mascota..- dependiendo de su madurez psicológica, y requiere ser acompañado de algunas labores de responsabilidad que tenga el hijo dentro del entorno familiar. Actividades dependiendo de su edad y de mediana o baja intensidad para que no le quiten tiempo para la realización con calidad de labor principal como lo es el estudio.

De esta forma, el hijo siente que ocupa un lugar significativo dentro del andamiaje  familiar, concibiéndose como perteneciente a un equipo de trabajo estructurado. Desde este lugar, el hijo ha interiorizado que tiene un sitio particular dentro de su colectivo nuclear.

La concepción que el niño haga de su lugar en los otros grupos o ambientes de los cuales haga parte, son determinados por la forma en que este pequeño sujeto se ha concebido dentro de su grupo familiar, debido a las características emocionales de sus padres y debido al lazo afectivo de su hijo con ellos.

En este escrito, el autor esta describiendo un ambiente funcional en que el niño se significa en un lugar importante en los equipos de trabajo que hace parte, y por ende en la cultura. Algo diferente a lo que ocurre en los círculos familiares con crianzas negligentes o tóxicas absorbentes, como las expuestas en los dos escritos anteriores.

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