
A pesar que muchas disminuciones en las diferentes áreas del rendimiento físico –velocidad, fuerza, coordinación, memoria, resistencia..- se comienzan a gestar en los treinta años, estas reducciones se perciben con mayor fuerza en la mediana edad del sujeto, o sea a partir de los cuarenta años.
En cuanto a la temática emocional en la década de los cuarenta y cincuenta, esta también se caracteriza por decrecimiento o perdidas –nido vacío, transformación negativa del vínculo de pareja, pérdida de uno o dos de las figuras parentales, divorcios..-. La unión de estas pérdidas tanto físicas como emocionales produce ciertas respuestas en las personas.
Dichos comportamientos individuales están íntimamente vinculados en la forma como el sujeto de mediana edad ha afrontado su pérdidas o limitantes a través de su historia, especialmente aquellas implementados en los procesos de primera infancia respecto de la separación con su madre.
En efecto, el niño en sus primeros años, con ayuda de su padre o quien cumpla esta función, corta su vínculo fusional con su madre, ocasionando que el pequeño se introduzca en un mundo del lenguaje y norma social. Las características dadas en este camino, el cual comienza desde el día del nacimiento y puede terminar en el octavo año, deja una huella en la memoria que determinara las acciones que ejecutará con las futuras pérdidas o limitantes.
Dentro de estas memorias, se encuentran los actos realizados por la madre para permitir que su hijo adquiera confianza en ella, y posteriormente en él, lo mismo que los comportamientos del pequeño para alejarse paulatinamente de su figura materna. Confianza que se suma a la obtención de habilidades de diversos tipos –físicas, comunicacionales..-.
Estimulando las potencialidades de su hijo, ella demanda logros, los cuales son complementados por la actuación directa del padre, o quien haga sus veces, permitiendo en el menor una sólida estructuración emocional que genere resultados positivos en su lazos interpersonales y con él mismo, y en sus actividades –estudio, deportes.. – por fuera del ambiente familiar.
En la medida que el niño tenga huellas mnémicas de padres funcionales que intervinieron como equipo de trabajo, él cuando se encuentre en la mediana edad tendrá herramientas emocionales para solucionar las crisis de esta edad de forma saludable mediante la creación de sellos particulares que satisfagan tanta a su mismidad como a los demás, y no mediante conductas que demuestren una no aceptación de su nueva realidad y un deseo para devolverse a etapas pasadas.
Por esta razón, los adultos de mediana edad que sufren crisis, necesitan asistir a procesos terapéuticos que permitan obtener retroalimentaciones del profesional sobre las ganancias en no afrontar de manera funcional esta etapa, quedándose fijada en alguna edad anterior, y también permite recordar memorias manifiestas e inducir la verbalización de recuerdos latentes con el objetivo de asociarlos, ocasionar que el sujeto sea consciente de las raíces de su disfuncionalidad, y cree opciones para adquirir patrones de conducta sanos en su relación consigo mismo y con otros
Con el trascurrir del proceso, o en el mejor de los casos, cuando el adulto de mediana edad soluciona sanamente los conflictos propios esta etapa de desarrollo, de manera similar a como asimiló y pudo arreglar los primeros limitantes o prohibiciones en su primera infancia, él toma otra lugar en el mundo.
Lugar en el cual se puede observar una creación particular del sujeto y obtención de aprendizajes, algo contrario a cuando el sujeto queda fijado. Fijación en la cual se retorna a una etapa anterior de desarrollo, estableciendo de este modo una repetición y una incapacidad para evolucionar, expresada en una circularidad.
El sujeto de mediana edad solo puede llevar a cabo este proceso cuando acepta emocionalmente las transformaciones que su cuerpo esta sufriendo en estos momentos, pudiéndose reponer a ellas mediante la comprensión acerca que las pérdidas en un nivel pueden generar ganancias en otro nivel.