
El diccionario de la real academia española define la propiedad como el derecho o facultad de poseer algo y poder disponer de ello dentro de los límites legales. También es definido como cosa que es objeto de dominio, especialmente si es un inmueble.
Dentro de mi práctica terapéutica, me he encontrado con que muchos padres significan a sus hijos como una propiedad y no definen a su descendencia como sujetos de un orden social. La mayoría de los padres que sienten a su hijo como una pertenencia, lo hacen no teniendo consciencia de esta manera de actuar.
Al hacerlo –sentir a su hijo como una pertenencia-, no incentivan en él/ella, la adquisición de herramientas para lograr la independencia funcional, teniendo la necesidad de defender, tener cerca y sostener emocionalmente a su hijo, la totalidad del tiempo, como una manera egoísta de reforzar su autoestima desequilibrada y no enfrentar otras situaciones que pueden ser conflictivas, tanto con su pareja como con sí mismo/a.
En la generalidad de los vínculos de parejas con hijos, se puede observar que existe un padre más contenedor y con mayor capacidad para flexibilizar límites. Empero, estas características personales, se pueden intensificar cuando no existe un acuerdo entre las figuras parentales sobre la unicidad que tomarán para la formación de su hijo/a.
En la medida que no exista trabajo en equipo entre los dos miembros de la pareja, la figura parental más contenedora y laxa, tendrá la tendencia a darle un exagerado nivel de protección a su hijo/a, percibiéndose, además de como dueño de su prole, como persona que esta evitando la “crueldad” que el otro padre puede tener.
En este momento, el contenedor empatiza, y por ende, se identifica tanto con su hijo, que crea una alianza con él, en contra del otro padre, quien, puede concebir al hijo como un ser social, exigiéndole algunas normas para una sana convivencia consigo mismo y/o con el otro.
Cuando el padre o la madre contenedora desarrolla este tipo de dinámica con su hijo, dicho fenómeno repercute negativamente en su vínculo de padres puesto que esta identificación, que muchas veces es inconsciente, produce también que el contenedor se visualice a sí mismo como el protector o “salvador” de las acciones percibidas como salidas de tono de su pareja.
Al llevar a cabo esta interpretación, el vínculo de pareja se afecta puesto que no existe convicción acerca de dos adultos tomando decisiones objetivas, se pierde la confianza, se enfrían las motivaciones para tener acercamientos corporales o emocionales…
Este enfriamiento se da porque la figura parental contenedora se escuda en su identificación con el menor y en sus estados afectivos alrededor de esto, para no solucionar la falta de acuerdos con su pareja para manejar a su hijo, lo cual se asocia o puede tener consecuencias en otros tópicos de la cotidianidad de los dos.
De esta forma, el hijo se convierte en un tercero que separa pero que al mismo tiempo es necesario para el mejoramiento de su dinámica colectiva, en la medida que produce en el imaginario de las dos personas sentimientos y emociones de celos, rivalidad o el sentimiento, y en la medida en que los padres tienen su mayor cantidad de comunicaciones con base en el tercero –su hijo-.
Aquellas parejas o miembros de esta, cuyos hijos son significados como una propiedad, han modificado una dinámica, que alguna vez pudo haber sido funcional pero que con el tiempo se transformó, caracterizándose por la presencia de muchas inconformidades y ausencias de competencias, dentro del colectivo, para su solución.
Como conclusión se puede decir que concebir como propiedad a un hijo se asocia con identificarse con él y/o percibirse como su protector, algo que denota problemas para la separación, y para dejar entrar a un otro que rompa ese vínculo tan estrecho con hijo.
Además de estos inconvenientes individuales, existen fallas en el desarrollo de un equipo de trabajo entre los miembros de la pareja, necesitando la presencia de un tercero, en este caso el hijo, quien separe pero a la vez de suficientes razones a los dos, para no terminar su relación afectiva.