
El niño que ha crecido en un ambiente en que los dos padres conviven en pareja, la mayor parte de las ocasiones tiene la concepción que su hogar es un sitio contenedor, tranquilizador y generador de bienestar, a pesar que los adultos tengan una relación de pareja distante o no la tengan, lo mismo que a pesar que los padres presenten conflictos ocasionales entre ellos que no se solucionen adecuadamente –maltrato, infidelidad-.
Otra cosa ocurre con los niños que han crecido dentro de un hogar en que las patologías de sus padres y del vínculo afectivo se la pareja se da continuamente, afectando la integridad, tanto física como emocional, de uno o de varios miembros de la familia nuclear.
En este segundo caso, los infantes añoran que sus padres finalicen su lazo afectivo y se separen, lo cual implica que convivan en casas separadas, para que no se hagan más daño entre ellos y/o para que no tengan comportamientos de maltrato con su descendiente.
Ampliando un poco el primer caso, o sea la relación de pareja distante o inexistente con conflictos ocasionales que se vuelven a repetir debido a una ausencia de soluciones efectivas, los niños interiorizan emocionalmente que esa situación es la ideal por lo cual ellos con sus futuras relaciones de pareja buscarán este tipo de unión.
Los niños se dan cuenta de este malestar de sus padres pero lo mantienen reprimido porque existe una ganancia de conservar el hogar aparentemente unido o porque los padres les dicen que se abstengan de opinar en el conflicto entre los adultos. Dicho represión ocasiona que, si los padres toman la decisión de separarse cuando los hijos sean adolescentes, los menores manifiesten una crisis particular que se añade a otras presentadas en esta edad.
Crisis caracterizada por sorpresa y desilusión. Emociones que se pueden explicar mediante dos análisis. El niño, ahora adolescente, ha estado tan absorto en sí mismo que no ha tenido empatía con sus padres, por lo cual no se ha dado cuenta de los estados emocionales negativos que los adultos tienen o han tenido, y muchos menos si no existe recuperación emocional ante estos estados.
La escasa empatía es producto de una formación en que este sujeto se ha distanciado de sus emociones y estados afectivos, no desarrollando fortalezas para identificarlos, nombrarlos y saber como tramitarlos. La subjetividad tiene muy poca importancia para los sujetos que no se pueden conectar emocionalmente con los otros, especialmente con sus padres.
La segunda razón es que los adolescentes no estén aplicando su capacidad crítica en su afectividad. Estos menores no quisieron darse cuenta del desgaste emocional del vínculo entre sus padres, por tener la ilusión que esta situación se convertiría en algo pasajero, de tal manera que los hijos tienen la creencia y el anhelo que las emociones negativas generadas con las discusiones entre los mayores, podrían perdonarse y olvidarse rápidamente, desconociendo el sufrimiento que esto generaría en los adultos.
La ilusión de los hijos adolescentes por mantener a sus padres dentro del mismo hogar puede analizarse desde varias perspectivas, una de las cuales se encuentra asociada con razones plenamente egoístas –incomodidad para el posible cambio de hogar, institución educativa, grupos de amigos condiciones socio-económicas, escogencia de padre con quien vivirá..-.
De cualquiera de las dos maneras de análisis, el adolescente cuyos padres se han separado recientemente, requieren recurrir a un proceso terapéutico que les permita manifestar sus emociones displecenteras que están muy cargadas, y mediante el discurso con un otro terapéutico, poderles minimizar energía.
Al mismo tiempo, esta crisis por este suceso reciente estará ligada dentro de las sesiones con el duelo, la mayoría de las veces no tramitado, por finalizar la niñez y convertirse en adolescente, junto con las consecuencias de los cambios, psicológicos, sociales y neurobiológicos.