Las satisfacciones materiales son aquellas cosas concretas que producen bienestar –alto sueldo, vacaciones costosas, casa propia..-, algo que difiere de las satisfacciones emocionales, las cuales se encuentran asociadas con bienes abstractos o simbólicos –vinculo armonioso entre esposos, conocimientos, mayor importancia dentro del ambiente laboral…-.
En vista que el adulto entre 25 a 40 años, se siente presionado, tanto por otros como por el mismo, para conseguir logros concretos, olvida aquella parte referida al encuentro con su propia individualidad y al ofrecimiento de su mismidad al servicio de otras personas.
Algunos adultos de estas edades se sienten más presionados que otros, lo cual depende de la definición que hagan de ellos mismos. Esto quiere decir que ciertas personas basan su autoestima en los cuestionamientos enlazados con el saber hacer, para qué son buenos y que han conseguido a nivel material.
Personas que se evalúan parcialmente sin tener en cuenta otras facetas de su vida como la emocional, espiritual, física.., por lo cual se podría concluir que dicha población no estimula la salud, entendida esta como un estado de completo bienestar físico, mental y social.
Adultos entre 25 a 40 años que buscan desesperadamente las satisfacciones materiales, demeritando las otras facetas de su existencia, se sienten vacíos internamente. Vacío que no intentan remediar explorándose a sí mismos sino con deseos de poseer más bienes.
La dificultad del individuo por concebirse desde la integralidad, concepción que se encuentra asociada con el interrogante ¿Quién soy yo?, tiene su origen en la infancia, más específicamente en el deseo del hijo por agradar a sus padres solamente a través de logros objetivos.
En su momento de la niñez, los adultos más representativos, o sea los padres en la mayor cantidad de ocasiones, dieron a su hijo unos apegos disfuncionales caracterizados por desarrollar vínculos afectivos solamente a través de lo concreto –regalos, comida..-, sin tocar aspectos referentes a la satisfacción obtenida por cuestiones emocionales, simbólicas o de otro tipo –intercambio de afecto, discusión sobre libros, lectura de cuentos, compartir tiempo juntos…-.
Estos padres no fomentaron ninguna clase de dialogo con su pequeño respecto de sus pensamientos o emociones de su cotidianidad, como tampoco estuvieron pendientes del proceso de enseñanza-aprendizaje en los aspectos concernientes a la enseñanza de competencias blanda –autoconocimiento, control emocional, empoderamiento, tolerancia a la frustración…-.
Realidad que se recrudece en la adolescencia y en la adultez joven, puesto que las figuras parentales no son capaces de neutralizar las altas motivaciones que su hijo tiene por aquello que se puede palpar, dejando a un lado la subjetividad, o sea las cosas que van más allá de lo material.
En efecto, el deseo de mostrar y ser admirado por los demás, ocasiona que los sujetos entre doce y 25 años, dediquen la totalidad de sus esfuerzos en estas actividades, facilitándose cuando existen figuras parentales que no refuerzan la importancia en la búsqueda de satisfacciones subjetivas.
Ambientes como estos, no permiten que el hijo se haya explorado su mismidad, así como tampoco posibilita que el sujeto interiorice la manera de tener, tanto con el otro como consigo mismo, vinculaciones afectivas sanas, las cuales se movilicen por motivaciones emocionales, espirituales… y no materiales.
Sin intereses en la consecución de satisfacciones que no sean materiales, el adolescente, el adulto joven y posteriormente el adulto entre 25 a 40 años, visualizarán su mundo cuya base es, específicamente, la consecución de este tipo de logros, desdeñando otras formas de significarse y de hacerlo con el otro.
Comportándose de esta forma, el adulto entre 25 y 40 años puede desarrollar efectos nocivos sobre su salud mental, tales como depresión, trastorno de ansiedad, trastornos somatoformes… ante la no aparición de logros o satisfacciones objetivas suficientes, tendencia o realización de actos indebidos para la consecución de determinados logros concretos..
En este punto, es necesario aclarar que la implementación de este tipo de actos indebidos, antisociales o poco éticos, también se encuentra asociado con inconvenientes en el proceso de interiorización de la ley debido a un desacertado proceso edipico del hijo –La madre no permitió que el padre o alguna otra figura, como representante de un otro social separará al niño de la relación demasiado cercana entre ella y su pequeño. Además de esto, el padre tampoco tuvo las competencias necesarias para llevar a cabo esta separación-.