
Desde la pre adolescencia hasta mitad de la adolescencia, los sujetos se encuentran desestabilizados emocionalmente como producto de la actuación de las variables neuro-biologicas, junto a las psicológicas y a las sociales, algo que también tiene efecto en su entorno familiar.
Las consecuencias de estas variables sobre el comportamiento del adolescente, explicadas con detalle en escritos anteriores de este blog, ocasionan que existan razones de peso para que la resiliencia tenga mayores dificultades que en otras edades, tanto en su exteriorización como en su desarrollo.
Sin embargo, si el adolescente ha tenido vínculos afectivos sólidos con sus padres, caracterizados por los apegos seguros hacia ellos, el púber podrá manejar las situaciones, a pesar que estas presenten cierto grado de dificultad, y tendrá la capacidad de reponerse a los efectos emocionales adversos que dejen esas vivencias.
En este caso, el hijo contara con herramientas emocionales propias que le permitirán equilibrarse afectivamente ante un conflicto, utilizar sus fortalezas en la solución de ese conflicto o aceptar sus debilidades y buscar la ayuda de un otro para la solución de determinada circunstancia.
La primera vivencia en que los padres se pueden dar cuenta acerca del nivel de resiliencia que tiene su hijo adolescente, es observar como él se repone a sus propios malestares emocionales producto de su entrada en la adolescencia, y como tiene la capacidad para transformar esta manera negativa de significar la realidad y de significarse él mismo, en algo positivo.
Esta primera vivencia necesita ser complementada con la revisión tanto de su rendimiento académico como de los comportamientos presentados dentro y fuera de la institución educativa, puesto que esto dice a los padres como su hijo se encuentra respondiendo ante las diferentes demandas ambientales.
Desde este punto de diagnóstico, los padres proactivos en la implementación de acciones para el desarrollo de competencias y el mejoramiento de la salud mental de su hijo pueden ejecutar diversos actos que permitan trabajar sobre su resiliencia.
Uno de estas actividades es el comienzo de un proceso terapéutico, el cual permita al adolescente el conocimiento de su mismisidad y de su deseo, y por ende, la creación de habilidades para la adaptación y de resolución de problemas, aspectos fundamentales en la resiliencia.
Los padres, sin olvidar el papel de normatividad que deben tener, sobre todo en esta época de la adolescencia, necesitan acercarse a su hijo desde el punto de vista emocional y ofrecer el apoyo necesario en los distintos tipos de problemáticas que afronta.
Esta continencia debe ser aparte del requerimiento que los padres realicen con su hijo para compartir espacios familiares. Tiempo con características didácticas que puedan producir simultáneamente diversión, aprendizaje y deseos del adolescente por estar en ese punto.
Ciertos espacios familiares han de estar asociados con la discusión de casos presentados en la vida personal, en los cuales se den diversas retroalimentaciones o reflexiones y diversos cuestionamientos que encaminen la conversación hacia la temática de la resiliencia.
Al mismo tiempo, los padres requieren estar pendientes de la formación en valores y en competencias que su hijo adquiere tanto en la institución educativa como en los grupos que hace parte por fuera de la escuela, dando sugerencias para este desarrollo, dependiendo de los comportamientos observados en la casa.