El animismo en los cuentos de hadas.

El animismo consiste en el proceso de proporcionarle vida y personificar a animales y elementos de la naturaleza –ríos, rocas..-. Este animismo es una característica propia del niño, incidiendo directamente en la adquisición y enriquecimiento del lenguaje, su capacidad simbólica, entre otras cuestiones.

El animismo, según algunos autores, es consecuencia del egocentrismo del niño pues el pequeño se siente capacitado para dar vida a lo inanimado. Para él, no existen fronteras entre lo subjetivo y lo objetivo, entre su yo y los otros seres u objetos inanimados.

La realidad entera adquiere vida por lo cual el infante, especialmente aquel que se encuentra en la primera infancia, posibilita el dialogo con cosas y animales que para el adulto es un acto imposible de hacer. De esta manera, el niño se conecta emocionalmente con la totalidad de su entorno.

El animismo es la forma que tiene el menor para entender y apropiarse de la existencia antes de poseer las suficientes capacidades cognitivas para adquirir el conocimiento científico, el razonamiento abstracto y manejar este tipo de pensamiento –abstracto- de manera compleja.

Los cuentos de hadas otorgan la posibilidad que los seres y cosas que tienen vida dentro de su sí mismo, la conserven en lo externo –la historia escrita y la narración realizada por la persona quien lee-, por lo cual se produce mucha motivación del niño con el texto físico y con los espacios de integración entre los lectores –padre, madre, profesor o con alguna figura afectiva especial- y el oyente –niño-.

Esta obra literaria utiliza el animismo del niño para desarrollar una historia en la cual es lógico que los animales tengan la capacidad de guiar al héroe para la consecución de logros, así como también que los diversos elementos de la naturaleza –viento, arboles..- ofrezcan cientos de mensajes.

Dicha guía y mensajes tiene un propósito comunicativo pero no necesariamente es positivo sino que puede significar un aviso de amenaza o una advertencia. En esta última referencia, el héroe no realizará determinada acción, atendiendo las sugerencias, por lo cual encaminará sus esfuerzos en dar soluciones personales y creativas a las situaciones para que estas no ocasionen una consecuencia negativa.

Sea cual sea el anuncio que den los animales o elementos de la naturaleza, el niño podrá interiorizar el concepto acerca de lo fundamental que es conectarse con el ambiente, lo mismo que la importancia de desarrollar un trabajo en equipo con ese entorno.

Un trabajo en equipo que se hace dentro del cuento de hadas con seres de características distintas al héroe en las que este los aprende a conocer en sus particularidades y se encuentra capacitado para interpretar si sus comunicaciones son con fines de advertencia, felicitación, motivantes…

El lector puede aprovechar el trabajo en equipo que se da entre el héroe y los animales para estimular que el niño oyente del cuento de hadas intensifique el concepto de la empatía, el reconocimiento y el aprovechamiento de los estímulos que suceden a su alrededor.

Además de esto, los animales o elementos de la naturaleza de los cuentos de hadas que pueden dar mensajes, demostrando de esta manera funciones cognitivas óptimas –atención, concentración, memoria, análisis…-, simbolizan partes de la mismidad del héroe, sujeto con quien se identifica el menor.

De esta manera, los animales destructivos y bondadosos significarían para el menor oyente, con ayuda de los padres lectores quienes favorecen la interpretación del contenido latente de los personajes, la parte instintiva o emocional del pequeño si su forma de conseguir las cosas es impulsiva, y no mediada por las convenciones sociales. Estos animales también pueden referirse a la normatividad, lo cual algunas veces es benévola o en otras ocasiones puede transformarse en flagelante.

Aspectos que el niño requiere reconocer y asimilar emocionalmente que son parte de su ser, algo que solo es posible con las retroalimentaciones que desarrolle el adulto lector. Esto tiene mayor efecto en la medida en que exista entre los dos –adulto y  niño- unos vínculos afectivos sólidos y funcionales.

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