
La posición política de izquierda se refiere al conjunto de ideologías, corrientes y movimientos políticos basados en la idea de la igualdad social. Los sujetos que conciben la realidad de este modo, piensan que se deben combatir los desniveles socio-económicos puesto que estos no son naturales sino históricamente construidos.
Para los sujetos con afinidad a esta concepción política, la desigualdad es generada por la acumulación desproporcionada de dinero y poder en manos de pequeños grupos, por medio de prácticas opresivas que comprometen la universalidad de los derechos humanos.
El porcentaje de adultos jóvenes que gustan de esta posición política ha pasado del 10,5 % en una encuesta realizada en el año 2004, al 27,2% en otra encuesta llevada a cabo en el año 2017. Esta última herramienta fue desarrollada y aplicada por el Ministerio interior de Colombia, el observatorio de la democracia de la Universidad de los Andes y el barómetro de las Américas.
El crecimiento de los seguidores de las posiciones políticas de izquierda en adultos jóvenes, sobre todo en países de América latina, puede explicarse desde varias maneras de análisis, entre ellas las psicológicas y las sociológicas, y también por la combinación de ambas.
Los adultos jóvenes actuales, en la mayor parte de ocasiones, forman parte de hogares de padres, en que ambos han trabajado, por lo cual han sido criados por abuelos, tíos, empleadas o en peor de los casos vecinos. Esta ausencia de las figuras parentales en los principales procesos de su hijo, ha creado remordimiento en los adultos, sentimiento displacentero que han intentado disminuir dando mayor primacía a los acercamientos emocionales sin limitaciones.
De esta forma, el adulto ha perdido su connotación como tal, convirtiéndose en un par o igual de los hijos, por lo cual las jerarquías de autoridad se pierden. Situación que se vivencia con mayor intensidad en familias conformadas por un solo padre y el hijo, puesto que, en esta situación, los dos se transforman, con mayor facilidad, en pareja emocional de cada uno.
Con estas características en los ambientes familiares, no resulta extraño que el hijo, el cual ahora es adulto joven, tenga interiorizada la idea acerca que las personas deben ser iguales en la totalidad de los temas, significando las desigualdades como históricamente construidas, y no como algo que se da naturalmente producto de diferencias en variables individuales –jerarquías de poder, capacidades intelectuales, emocionales y físicas, esfuerzo, perspicacia, legado familiar…-.
Sin el concepto de jerarquías de autoridad incorporado al sí mismo, algunos adultos jóvenes tampoco habrán hecho esto con una normatividad funcional, pudiendo llevar a cabo comportamientos antisociales, los cuales son explicados y excusados con el objetivo de compensar situaciones de injusticia y desigualdad que atentan contra el bienestar común.
Otros sujetos de estas edades no llegan hasta el punto de atentar contra las normas de convivencia, pero ejercen una lucha continua contra un sistema capitalista que ocasiono que sus padres tuvieran que trabajar de esa forma tan subyugada, según el hijo, no permitiendo que ocuparan una parte importante de su tiempo en la familia.
En los dos casos nombrados anteriormente, el adulto joven tiene un descontento muy grande contra lo social entendido desde la motivación por conseguir capital a través del trabajo arduo, la libertad, los escalafones, las diferencias personales y aquello que implique ser superior en un sistema competitivo.
Esta emoción negativa de muchos sujetos entre 18 a 25 años, es aprovechada por ciertos individuos que son visualizados con características de héroe mítico -El héroe mítico es aquel que construye una nueva historia. El se basa en los principios y en los elementos significativos de su historia y es capaz de adaptarlos a las nuevas características ambientales. Los elementos conocidos no obstaculizan o determinan la aparición de nuevas aprendizajes-.
Héroe que toma diversas formas –profesores, políticos..-, los cuales plantean una forma de pensar y sentir la realidad alejada de aquella que tienen sus propios padres o, por lo menos, aquella que asumieron para poder velar por la satisfacción de las principales necesidades de sus hijos –alimento, vivienda, educación, salud..-.
De esta manera, los adolescentes y adultos jóvenes se separan emocionalmente de sus figuras más representativas con el objetivo de adquirir su propia identidad o sello particular, algo que se alimenta de su deseo aparentemente altruista por cambiar una época caracterizada por la desigualdad, lo mismo que se nutre de su interés por pertenecer y ser aprobado por la masa.
Sin embargo, esta motivación altruista disfraza un deseo personal por sembrar el desorden junto a su interés por destruir la institucionalidad. Una ley cuyo punto máximo se encuentra en un entorno familiar funcional que estos adultos jóvenes no han tenido.