
Algunas figuras parentales que tienen poco desarrolladas algunas competencias blandas como el control emocional o la tolerancia a la frustración, tramitan de forma inadecuada sus emociones negativas producto de sus vivencias insatisfactorias. Dicha tramitación se direcciona hacia los hijos, mediante palabras o mediante actos contra la integridad del menor.
Ciertas verbalizaciones características que los padres dan a sus hijos en estos casos, son: “Estábamos mejor sin ti”, “Nos cambiaste la vida completamente”, “No te soportamos”… Expresiones que además de ser impulsivas por parte de los adultos, se puede inferir tienen como objetivo que ellos desean hacerle daño a su propio hijo.
El niño formado en esta ambiente tan nocivo interiorizará que el amor esta asociado con este tipo de verbalizaciones, por lo cual la totalidad de sus relaciones posteriores –amigos, parejas sentimentales, compañeros de trabajo…-, se escogerán con personas que ejercen una comunicación con poco control emocional y unos comportamientos que afectan su auto-estima.
Auto-estima desestructurada y desequilibrada caracterizada por ausencia de cimientos sólidos, poca continencia de afectos, un proceso alterado para la adquisición de una normatividad social, falencia en el aprendizaje de competencias blandas, escasas habilidades para la introspección…
El menor de edad que es víctima de violencia familiar por parte de sus padres no es capaz y no sabe que realizar para defenderse de los ataques verbales, y algunas veces físico de los mayores, por lo cual utiliza su cuerpo para expresar su inconformidad y tristeza con su ambiente familiar.
En este punto, no es extraño que el niño tenga comportamientos auto destructivos cuyo objetivo sea tramitar las emociones dañinas mediante la realización de alguna lesión o daño físico a su propio cuerpo. El pequeño utiliza la agresividad de su entorno familiar y la enfoca sobre su mismisidad, debido que no tiene herramientas para manejar esta violencia con otra dirección.
Conductas auto destructivas muy comunes en los niños pueden ser comerse las uñas, rascarse una y otra vez una costra o cicatriz, arrancarse el cabello o juntarse, sin pedir respeto consigo mismo, con aquellos compañeros que lo dañan, lo intimidad o lo golpean.
Cuando el niño tiene acciones flagelantes o hirientes consigo mismo, las figuras parentales deben ofrecer la posibilidad al menor para expresarse y ser oído dentro del contexto familiar, algo que necesita dar como resultado diversos planes de mejoramientos que serán evaluados de manera constante.
Al mismo tiempo, los padres deben ofrecer a su hijo un espacio terapéutico para que él pueda hablar de sus vivencias tanto internas como externas, y de los motivos por los cuales esta tramitando las emociones de una manera tan perjudicial consigo mismo.
El dialogo dentro del contexto intrafamiliar, se requiere integrar con los resultados de proceso terapéutico y los efectos de este proceso tanto a nivel individual como de vínculos familiares, dando la oportunidad que el hijo sienta que sus padres lo conciben de manera positiva.
Sin embargo, el hecho que los padres tengan una estructura de personalidad violenta o maltratante, puede ser una resistencia para que los adultos tengan la iniciativa de escuchar al menor, introducirlo en un contexto terapéutico y estimular modificaciones dentro del hogar.
En esta situación, el entorno familiar extenso -hermanos, tíos, sobrinos, primos- requiere colocar mucho atención en lo que esta pasando para recomendar o demandar acciones con el fin del mejoramiento del ambiente y de la salud mental del menor. Acciones que en muchas ocasiones han de estar asociadas con el conocimiento y seguimiento del caso por parte de entidades gubernamentales encargadas de la defensa de los niños –ICBF, comisarías de familia..-.