Un pensamiento casi que generalizado de los adolescentes es acerca de su propia muerte. Empero, la mayor parte de estas ideas son algo vago, alejado de los cinco pasos en que se caracteriza una ideación suicida como tal – Algunos autores como Miranda en 2009 han explicado que para que se dé el fenómeno del suicidio, deben ocurrir cinco pasos: 1) Ideación suicida pasiva, mediante dibujos, escritos, chistes, conversaciones de suicidio etc-. 2) Contemplación activa del propio suicidio. Pensamientos acerca del como, cuando, donde. 3) Planeación y preparación 4) Ejecución del intento suicida 5) Suicidio consumado. Otros autores como Jimenez-tapia y Gonzalez Forteza en 2003 añaden otro paso entre el primero y el segundo, el cual se refiere a la amenaza suicida-.
Cuando el adolescente tiene un concepto insípido y poco estructurado de su propia muerte, esto puede ser similar a cuando los niños de primera infancia verbalizan su deseo de morir. En estos dos casos, el fallecimiento de sí mismo, se traduce en un deseo por no ser parte de una situación o lugar en particular que considera amenazante.
Dicho lugar en que los adolescentes no quieren estar, puede estar asociado al periodo de su niñez. De este forma, una parte de ellos quiere que su infancia muera totalmente para dar nacimiento a la adolescencia, mientras que otra parte no se encuentra interesada en renunciar a los beneficios de ser niños, tal como se explico en el escrito “El duelo del sujeto en el comienzo de la adolescencia”.
Permitir que el adolescente comunique por medio de palabras su deseo de cambio, de provocar el deceso de su niñez, lo mismo que incentivar que exprese por medio discursivo el deseo de quedarse en lo infantil, puede disminuir la posibilidad que el adolescente convierta en acto o en ideación suicida, este deseo de muerte.
Cuando los padres conocen este deseo de muerte de su hijo, la mayor parte de ellos entran en conmoción, sin antes explorar de si se trata de una motivación sin forma o una ideación suicida. Por esta conmoción, las figuras parentales acuden al psiquiatra con el objetivo de una medicación instantánea para el adolescente, olvidando por completo un proceso terapéutico.
Con la medicación como fórmula, y peor aún, como único recurso ante los deseos infantiles de su hijo adolescente por la finalización de una etapa, las figuras parentales dan un manejo pasivo a la situación, e incentivan que su hijo no se apropie y no tenga motivaciones para solucionar de manera proactiva su problemática emocional.
Un manejo más adecuado que tanto padre y madre podrían ofrecer a su hijo con este tipo de realidades, es mejorar o colocarse –en caso que nunca haya pasado- en el papel de continentes de las emociones ambivalentes que tiene con respecto a su proceso de adolescencia.
Adicionalmente, estos padres deben exigir y estimular que su descendiente inicie y sea constante en un proceso terapéutico, el cual necesita la colaboración permanente de los adultos en aspectos como el transporte, el dinero para el pago del profesional, la trasformación del ambiente familiar según las recomendaciones, sesiones de retroalimentación de las figuras parentales con el profesional, entre otras.
Proceso que, fuera de originar un ambiente afectivo adecuado que permita la comunicación acerca de los deseos ambivalentes que parecen sin puntos de unión, también promueva una integración de esos dos lados, y la consecución de la estructuración emocional del adolescente.