El hijo primogénito, lo mismo que el único descendiente comparten bastantes similitudes puesto que ambos tienen la total atención del entorno familiar- figuras parentales y familia extensa-, aunque sea por algún tiempo, en caso que existan otro embarazo algunos años después.
Cuando los padres tienen el conocimiento acerca que están esperando su primer hijo, el cual en algunas situaciones se convierte en el único heredero, sea por decisión de la pareja, incapacidad para tener mayor cantidad de hijos o ruptura del colectivo, la dinámica de los dos adultos se transforma en algo determinado por expectativas y tareas nuevas a afrontar.
Movimiento de pareja que tiene poca relación con los adultos, y se enlaza casi que totalmente al nuevo miembro de la familia, sea que él sea deseado y planeado o deseado y no planeado. De esta forma, cada adulto se enfrenta a un imaginario que ha tenido hace muchos años, y que empieza a reactivar, en estos momentos, el vínculo emocional con sus padres.
Al estar tan pegado de esos imaginarios individuales y de las emociones tanto positivas como negativas producto de la noticia del embarazo, los adultos se olvidan de la realización de acuerdos entre ellos sobre la manera en que formaran al nuevo miembro de la familia, se olvidan del trabajo respecto de su vínculo de pareja, y se olvidan de enfrentar sus ideas preconcebidas de maternidad y maternidad con un proceso terapéutico o con el conocimiento de diferentes profesionales de ciencias humanas, sociales y de la salud, cuyo objetivo sea la desmitificación de algunas creencias de los futuros padres acerca de prácticas inadecuadas de crianza.
Dicha omisión de los adultos puede ocasionar que ellos no tengan vínculos afectivos funcionales con sus primeros y/o únicos hijos debido al exceso de permisividad y/o expextativas, que se puede asociar a falta de experiencia o a inconvenientes de los padres con las figuras de poder –sus propios padres-, o debido al demasiado nivel de normatividad y deseos.
En cuanto a las situaciones de laxitud, estas se pueden observar en padres que tienen dificultades para desarrollar un equipo de trabajo entre ellos o en aquellos que no han tenido un lazo emocional sano con sus propias figuras parentales, queriendo ejecutar con su hijo lo opuesto a la manera autoritaria como fueron formados o a la manera normativa como el otro padre desea que su hijo crezca.
En este caso, es muy posible que los hijos no tengan vínculos funcionales con sus padres puesto que los conciben como iguales. Cuando los significan de esta manera, los pequeños tienen inconvenientes en obedecer lineamientos, dificultades en sentir que existen líneas de autoridad, y es poco probable que confíen en ellos y que los sientan como figuras con capacidad para formarlos, especialmente en competencias relacionales.
Por otro lado, las demasiadas expectativas que se ponen en los primeros y/o únicos hijos pueden ocasionar que el proceso de formación se convierta en algo muy planeado con poco margen para sorprenderse y aprender de la interacción diaria y de la introspección entre padres e hijos, lo cual puede generar algunas modificaciones en el camino del desarrollo integral –físico, cognitivo, afectivo, adaptativo y de lenguaje- de los menores.
Los padres forman a su hijo de acuerdo a un ideal y no a las características que el menor presenta y que se modifican de acuerdo a las vivencias que adquiera en su cotidianidad. Ideal de acuerdo a lo que el padre o madre consideran que es bueno, y no de acuerdo al conocimiento de la personalidad y los deseos del menor.
Aceptar a su hijo como es, requiere un proceso profundo de diálogos y aprendizajes de los hijos con sus padres y viceversa, aspecto fundamental para incentivar el saber acerca de quien es, y con ello la capacidad de construir su propia realidad.
Poner demasiadas expectativas en el primogénito puede estar asociado a un proceso pasivo en maternidad/paternidad, en el cual los padres no desean darse la oportunidad de interactuar continuamente con su hijo, permitiéndose así conocerlo y apoyarlo en sus motivaciones.
Las figuras parentales se encuentran más cómodos cuando su hijo se comporta de la forma en que ellos quieren, sin tener ninguna clase de desequilibrio aparente, puesto que no gastan esfuerzos en interactuar con él y tampoco deben alterar sus actividades diarias –trabajo, reuniones-.
Dicho fenómeno también se presenta en padres con un alto nivel de narcisismo que implica que el hijo será moldeado como los abuelos hicieron con su padre o con los anhelos que este padre ha tenido a través del tiempo pero que no ha podido implementar por variadas motivos. En este momento, el adulto los implementa con el actuar de su descendiente.
En cualquier de las dos formas, el hijo primogénito y/o el único hijo pueden ser más seguros de sí mismos, más dominantes, tener inconvenientes para tolerar la frustración y egocéntricos puesto que, al no existir hermanos, no tienen oportunidad para rivalizar.