El sistema de violencia cultural hacia la adultez mayor.

La cultura occidental, ligada a los griegos y alejada de los orientales o los judeo cristianos, ha asociado la adultez mayor con un sinnúmero de concepciones negativas, entre ellas la pérdida de sus capacidades libidinales, la capacidad para sentir placer y aprender, la necesidad de esconderlos puesto que la población de esta edad no posee valores culturalmente deseables como la belleza o la juventud…

De tal manera, la violencia hacia el adulto mayor adquiere un carácter simbólico en la medida que el discurso social se va construyendo mediante mitos y prejuicios que somete a la población de este grupo etario a la decrepitud –discapacidad, asexuado y deterioro de todo tipo-.

Afortunadamente, esta realidad se esta modificando un poco. Sin embargo, algunos adultos mayores todavía interiorizan y se identifican con esta manera desigualitaria e humillativa de concebirlos, provocando en ellos una respuesta subjetiva como estados afectivos vinculados con la depresión y en muchos casos con ideaciones suicidas, o consecuencias corporales -enfermedades coronarias, accidentes, caídas-.

Identificación nociva que se encuentra instaurada dentro de las profundidades del pensamiento del adulto mayor. Aquel referente a su parte emocional, o sea que se guarda en el sistema límbico, sitio del cerebro en el cual la palabra no tiene acceso, exceptuando que sea bajo un contexto terapéutico.

Para el individuo, tener esta edad implica poner en riesgo la fantasía de completud, la cual se guarda en el inconsciente –representación de lo reprimido, algo que puede tener similitud con las memorias emocionales que existen dentro del sistema límbico- desde la totalidad de su historia, inclusive cuando el sujeto esta dentro del vientre de su madre. Fantasía en la cual el sujeto es uno solo, alguien completo con su figura materna, y por ende, con el mundo puesto que en ese momento de desarrollo, la madre es el mundo entero del bebé.

La identificación malsana provoca un malestar interno, el cual se comunica por medio de disfuncionalidades emocionales o corporales. El adulto mayor ofrece su cuerpo como sacrificio de aquello que ha perdido valor y retorna, a través de la enfermedad, buscando obtener la atención del otro y ligarse afectivamente con él.

Con estos estados afectivos, el adulto mayor pierde el deseo de involucrarse en la realización de un proyecto de vida que tuvo que ser re-estructurado desde cuando él se convirtió en persona mayor de sesenta años. Al mismo tiempo, este individuo incrementa sus pensamientos de muerte y su acercamiento afectivo hacia este concepto.

La pérdida de las motivaciones hacia el proceso de creación y movimiento –aspectos que representan la vida-, se da simultáneamente con el interés real y simbólico por los procesos vinculados a la muerte –enfermedades, quietud, nulo deseo por aprender-, repercutiendo negativamente en la auto-estima.

Estos procesos vinculados mayormente a la muerte, ponen al adulto mayor en una posición de desesperación, predominando su sentimiento de soledad y desamparo, predominio de resentimiento en lugar de gratitud por el transcurso del propio acontecer vital.

Refiriéndose más específicamente al cuerpo, este es el principal escenario donde se desarrolla el drama de la adultez mayor puesto que este individuo interpreta, debido a los mensajes culturales, que su cuerpo es mirado por otros sin deseo y sin envidia, antes por el contrario, lo corporal del adulto mayor es concebido como algo decadente y con otros apelativos negativos.

El cuerpo culturalmente significado como deseable posee una piel distinta a la del adulto mayor, cuya piel no es fresca sino que se caracteriza por huellas dejadas por los vínculos emocionales que han acaecido durante su vida. Experiencias subjetivizantes que dejan, entre otras cosas, arrugas, manchas y pérdida de tersura.

De este forma, la sociedad que no forma parte de los adultos mayores eligen no establecer contacto corporal –abrazar, acariciar…- con un cuerpo marchito, fenómeno que puede disminuir la posibilidad de empatizar con este cuerpo, y hacerlo también con la integridad del adulto de más de sesenta años.

Como consecuencia de la marginación de la piel, esto puede llevar al marginamiento del adulto mayor. El no tiene el deseo del otro y como consecuencia puede perder el deseo sobre el propio cuerpo, el cual se aumenta a la totalidad de su ser y al deseo de conservar la vida y hacerlo con calidad.

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