
La felicidad, según el diccionario de la real academia española, es un estado de grata satisfacción espiritual y física. Conseguir dicho estado depende de la interacción de diversas variables asociadas con su presente –etapa de vida del individuo, relación consigo mismo y su pareja, parte productiva..- y con su pasado –interiorización de los vínculos afectivos funcionales que la persona ha tenido con sus padres, especialmente en su primera infancia-.
En cuanto al concepto de felicidad entre los 25 y 40 años, este se encuentra asociado con ser reconocidos por las demás personas y desarrollarse en cuatro temáticas fundamentales: La independencia económica de sus padres y la solidez financiera, un lazo de pareja fuerte, la tenencia de hijos acompañado de ofrecimiento de condiciones saludables para su crecimiento, y la calidad en su quehacer laboral.
De esta manera, los seres humanos encaminan la totalidad de sus esfuerzos en la consecución de logros a nivel de las cuatro temáticas anteriormente mencionadas, sintiendo poca satisfacción e infelicidad en caso que algunas de ellas tenga resultado negativos. Sentimiento displacenteros que se aumentan en caso que exista más de un tópico en que no se tenga por lo menos una productividad aceptable.
La cultura no ha favorecido que el ser humano fuera de conseguir rendimientos sobresalientes externos, también los tenga a nivel interno, lo cual solo es posible hacerlo a través de procesos introspectivos, consigo mismo pero en mejor de los casos con un otro terapéutico, en los cuales cada individuo pueda explorar su historia, particularidades y aquellos aspectos que lo determinan como sujeto.
Las personas han interiorizado este mandato cultural –inquietud excesiva por conseguir logros visibles- desde sus primeros años debido a la despreocupación que los padres tuvieron con el desarrollo a nivel emocional, no incentivándolo y en muchos casos cohibiendo cualquier exteriorización de este tipo, y debido a la presión que ejercían sobre sus pequeños para la obtención de ganancias a nivel externo.
Al no haber tenido enseñanzas y/o desafíos a nivel emocional en los primeros años de vida, sea por poca ejemplificación de sus padres y por ausencia de reforzamientos positivos, la persona no significa la inteligencia emocional, la inteligencia relacional y muchas otras que permiten el descubrimiento de su mismisidad, como parte esencial para el crecimiento integral.
Esto incentiva que en la edad entre los 25 a 40 años, el sujeto no se interese por las temáticas de índole afectivo, o si lo hace, las desdeñe. El poco dominio y conocimiento que tiene sobre sí mismo, ocasiona mucho miedo por ahondar esta faceta de su realidad.
Una de las consecuencias negativas de esta manera de afrontar la existencia, es que el individuo entre 25 a 40 años, aunque tenga una vida llena de éxitos externos, siente un gran agujero interno, el cual es distinto al vacío estructural del ser humano –vacío que permite el crecimiento-, y se encuentra más asociado a la dificultad por encontrar su identidad y sentido de vida.
Otro de los efectos de esta forma racional de enfrentar la realidad es la elección disfuncional de pareja. Elección que se caracteriza por la ausencia de exploración en diferentes tópicos, especialmente los referidos a los vínculos con sus figuras parentales durante los primeros años de vida.
Por otro lado, el hecho que los sujetos de 25 a 40 años centren su felicidad en los reconocimientos externos, hace inviable que ellos perciban como importante la realización de procesos terapéuticos que permitan buscarse y encontrarse a sí mismo, y por ende, agradecerse ellos mismos este camino