Formación de la competencia de proactividad en los niños.

La proactividad consiste en una actitud de superación de las situaciones que ofrecen dificultad, así como también significa que las personas tomen la iniciativa, rápidamente, de su propia vida y trabajan en función de aquello que creen pueden ayudarlos a estar mejor. La proactividad requiere la toma de decisiones, la formulación de un proyecto, la implementación de este junto con su seguimiento.

En primera instancia, la proactividad se asocia con la capacidad para anticiparse  a aquello que puede pasar en el futuro. Para ello, los padres necesitan enseñarles a sus hijos, desde muy pequeños, a deshacerse de sus conductas egocéntricas con el propósito de explorar con profundidad los diferentes contextos que lo determinan cercana o remotamente.

El egocentrismo en el niño se disminuye cuando la madre decide darle espacio a un otro –padre, pareja de la madre, abuelo del niño…-, quien rompe la relación fusional que tiene con su pequeño, por lo cual él se separa paulatinamente de ella, interiorizando una normatividad, un lenguaje social y la importancia junto por el deseo en las interacciones fuera de su núcleo familiar.

En dichas interacciones y con las retroalimentaciones constantes de los padres y de las instituciones educativas, el niño aprende sobre la necesidad y el interés por explorar distintas realidades, puesto que esta acción es placentera por sí misma y porque este saber repercute o tiene la capacidad de hacerlo, sobre su mismisidad.

Interés que solo se da cuando los adultos proporcionan un seguimiento cercano y un reforzamiento constante en cuanto a la indagación segura de nuevas informaciones, habilidades, y los asocian con su cotidianidad, específicamente con la solución de problemas.

La proactividad, además de asociarse con la anticipación, necesita hacerlo con la perseverancia puesto que esta permite la superación de situaciones problemáticas –la perseverancia se define como la capacidad para obrar con firmeza y conciencia en la ejecución de proyectos y en la consecución de objetivos-.

En los primeros años de vida, esta perseverancia esta estimulada por los padres o adultos responsables, quienes prestan su deseo al niño para que él lleve a cabo determinada actividad. Deseo que es acompañado por determinadas exigencias, las cuales presionan al niño para la consecución de objetivos.

Este deseo y estas exigencias de los adultos son asimiladas por el pequeño en la medida que él haya formado un vínculo afectivo caracterizado por el apego seguro con sus figuras parentales, dando como resultado que tanto padre como madre “presten” a su hijo su perseverancia para el logro de determinada actividad, y el pequeño se deja guiar por sus enseñanzas.

De esta forma, se puede observar que los infantes adquieren habilidades y conocimientos con más facilidad siempre y cuando tengan un vínculo sentimental sólido con el adulto o los adultos a su alrededor. Vínculo sólido caracterizado por el proceso de identificación del niño con el adulto, algo que determina las peculiaridades en el proceso de exploración que el niño realiza de su medio ambiente.

Durante el crecimiento del niño, él con ayuda del adulto con quien se identifica y quien le ayuda en el conocimiento del mundo, empieza a conocer su propio deseo, por lo cual antes de los seis años, o incluso antes de los cinco, es la edad propicia para que los padres introduzcan a su hijo en algunas actividades extra curriculares, depende de sus motivaciones –deportes, música, otro tipo de aprendizajes-.

Con la agrupación a colectivos formativos para el desarrollo de actividades extra curriculares, los niños conciben el deseo por la actividad como algo propio y no como el deseo de sus padres. En este punto que el niño reconoce su placer por un hacer específico,  los  adultos, en compañía de los docentes de dicho oficio, pueden empezar a realizar el seguimiento al pequeño en su desempeño, y crear planes de mejoramiento de sus debilidades y planes para potencializar sus fortalezas.

Planes que necesitarán el apoyo y la estimulación constante de las figuras parentales. Estimulación que será dada por la relación asertiva en el tiempo compartido entre padres e hijos, y la facilitación de medios para el desarrollo de la actividad –Ej si la actividad es el futbol, los padres deben regalarle a su hijo un balón, compartir con su hijo espacios didácticos en una cancha de este deporte, e instarlo para hacer ejercicios de manejo del balón, mejoramiento físico etc-

Estos planes servirán para que el niño aprenda el concepto que los logros o los éxitos requieren ser perseverantes en las actividades para su consecución. Planes que podrán complementarse contando historias de la familia alrededor de esta competencia o ejemplificando logros de personas que tuvieron éxito a base de perseverancia.

En caso de adquirir un logro sobresaliente en las diversas temáticas que el niño se haya puesto, los padres pueden ofrecer algún premio que sirva como reconocimiento a sus esfuerzos. Logros sobresalientes que son diferentes a sus obligaciones en los quehaceres del hogar o en tener efectivo rendimiento en su rendimiento escolar.

Simultáneamente con la estimulación en el niño de la competencia de anticipación y de perseverancia, los padres requieren formarlo en la competencia de toma de decisiones. El camino para que el menor sea capaz de tomar decisiones equilibradas, estructuradas y con resultados positivos, esta determinado en la medida que él aprenda la habilidad de ponerse en el lugar del otro y poder interpretar los fenómenos desde esta realidad particular.

Una herramienta eficaz para lograr lo anterior, es la realización de juegos simbólicos. En dichos juegos, el infante interpreta a un sujeto diferente a él –bombero, policía, médico..-, animal u objeto o determinado –carro, león..- comportándose como ese alguien o ese algo que representa.

Al hacerlo, el pequeño es participe, aunque es consciente que es un juego, de una situación conflictiva, puesto que genera incomodidad y la creación de otra manera de pensar diferente a la propia. De esta manera, el niño moviliza tanto procesos afectivos como cognitivos, e incentiva el despliegue de habilidades para personificar, pensar y sentir como otro.

El juego simbólico puede mejorar el vínculo afectivo con el adulto, desarrollar más su lenguaje, incentivar su imaginación, deshacerse de su egocentrismo característico, aunque sea por un tiempo limitado, aprender a trabajar en conjunto, incentivar sus capacidades cognitivas, contribuir a su desarrollo emocional entre otras cosas.

Con el mejoramiento del vínculo afectivo, el niño tiene apertura para realizar diversas modificaciones a sus cuentos preferidos, las cuales también se pueden tomar como juegos simbólicos. En esta dinámica, el adulto propone al niño que interprete un personaje del cuento de manera diferente a como esta estipulado en la interpretación literaria.

Los juegos simbólicos son actividades que estimulan el desarrollo cognitivo, siempre y cuando, se complejicen en la medida que el niño crezca. Así, esta actividad a los dos años, debe ser una actividad sencilla rodeada de pocas variables, mientras que a los seis años, el juego simbólico necesita ser más complicado para motivar al niño e incentivar mayores procesos de pensamiento en él. Estos juegos simbólicos a los seis años pueden ser en espacios abiertos con características especiales de cada personaje.

Cuando el niño ha terminado su periodo de primera infancia, o sea entre seis y siete años, el juego simbólico pierde un poco su interés. En el momento en que pasa esto, los intereses del pequeño se transforman hacia el conocimiento de casos reales que puedan generar algún tipo de enseñanza o conocimiento.

De manera que las figuras parentales, para desarrollar la habilidad en pensar de diferentes formas, y por consiguiente, tener en cuenta mayor cantidad de variables de forma simultánea, pueden realizar un espacio de debate con sus hijos preadolescentes acerca de ciertas realidades de sus ambientes, en el cual los hijos son estimulados por sus padres, en la defensa de puntos de vista o comportamientos distantes de sus particularidades.

La  interiorización de la competencia de proactividad también requiere que esta se vea reflejada en los comportamientos cotidianos de sus padres, sea en los aspectos concernientes a su trabajo o en aquellos temas relacionados con su vida en pareja o sus actividades en el tiempo libre.

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