La ganancia de la maternidad en las adultas jóvenes.

Anteriormente, las exigencias culturales, para la mujer, consistían en conseguir una maternidad con poca edad –adolescencia o adultez joven-, lo cual permitiría, según el paradigma de la época, darle propósito al hogar de esposos, que los padres tuvieran más fortalezas físicas para el desarrollo de su hijo, entre otras cosas.

Con el transcurrir del tiempo y otra realidad definida por la necesidad de llevar a cabo  estudios después de la secundaria, la entrada de la mujer en el ámbito laboral y universitario, la concepción de disfrutar y tener estabilidad económica antes de pensar en hijos…, la edad de maternidad se alteró un poco, posponiéndose a la cercanía de los treinta año o mucho después.

Sin embargo, todavía varias mujeres quedan embarazadas entre los 18 y 25 años, algo muy en contra del debería ser actual. A pesar de esta aparente contrariedad, cuando se explora la historia de algunas embarazadas en estas edades, se puede concluir que existen motivaciones reprimidas asociadas a que tener el hijo se convierte en una herramienta  para obtener beneficios propios.

La realidad de quedar embarazado en la adultez joven, no solo está asociada a los errores producto  de exteriorizar sus ganas sexuales sin protección, sino que también obedece al deseo no reconocido por conseguir el estado de preñez, y este genera una ganancia como tal.

Las ganancias del embarazo favorecen más a la mujer que al hombre, puesto que ella es la que finalmente tendrá a su hijo creciendo en su cuerpo durante nueve meses, y por ende, ella es la persona que obtendrá beneficios alrededor de este estado –protección, cariño, oportunidad para cumplir deseos, primacía sobre las otras personas..-.

Los beneficios del embarazo están ligados con la idealización de la maternidad en  muchos pueblos antiguos y en algunos segmentos de nuestra cultura, algo que se opone a la manera de pensar de muchos adultos, quienes no desean tener hijos. Estos beneficios hacen parte de la herencia cultural de nuestros antepasados, por lo cual estamos enganchados afectivamente a ella y nos puede determinar.

Dicha idealización estimula la interiorización de mensajes como que estar embarazada es sentirse completa, la gente te trata mejor, te da estabilidad en el ánimo, todo el mundo te respeta, te da gusto y te otorga beneficios, no tienes que esperar, puedes tener un vínculo para toda la vida con el papa de tu hijo….

Los mensajes en que se idealiza la maternidad consiguen su efecto en aquellas personas que no han tenido un vínculo sano con sus figuras afectivas más significativas –padre y madre-, sea por poca vinculación afectiva o por exceso de ella, de manera que su mayor deseo es volver a sentirse completa como alguna vez se sintieron con la relación fusional con su madre, o ilusionar un vínculo afectivo con ese tipo de características.

Estas mujeres no han asimilado emocionalmente que son seres en falta – la falta momentánea del objeto de deseo u objeto de amor, es la que propicia muchos procesos de simbolización y/o de adquisición de conocimiento.- por lo cual tratan de no estarlo, imaginando cualquier cantidad de formas para lograr este objetivo, una de ellas es logrando estar embarazada, de manera que se siente completa en ese estado.

De esta forma, el estado del embarazo, ofrece privilegios por el estado en sí, y ayuda a llenar vacíos internos que la madre no puede soportar, entre otras cosas porque ella no aprendió a tener herramientas emocionales que le permitieran tolerar la falta estructural del ser humano, algo que puede estar ligado a características como egoísmo, desapegos o problemas para interiorizar una normatividad social.

Ellas son madres inmaduras desde el punto de vista afectivo, las cuales estuvieron determinadas por su deseo reprimido de conseguir el embarazo,  obteniendo otro tipo de ganancias. Ganancias que dejaron de existir después que dieron a luz, y se dieron cuenta que el hijo tiene más responsabilidades y pocos beneficios egocéntricos como los que fantaseaban.

Desde este momento, los padres comienzan a dejar de lado su responsabilidad, atribuyéndosela a los abuelos del niño, quienes, repitiendo la historia de falta de límites con su hijo, deciden formar a su nieto, sin exigir que su hijo tenga deberes en este proceso, con lo cual el vínculo afectivo disfuncional se repite.

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