La soledad del adulto mayor.

Los adultos mayores tienen bastantes razones objetivas para sentirse emocionalmente solos. Causas enlazadas a la muerte de su pareja, lo mismo que el fallecimiento de algunos de sus hermanos o de sus más cercanos amigos, hijos casados viviendo con su pareja y sus nietos…

La mayoría de estos adultos mayores se logran adecuar a este tipo de soledad puesto que dentro del discurso cultural, con el cual se encuentran familiarizados, se recalca en los diversos fenómenos que ocurren en la adultez mayor, aquellos que conllevan a tener su residencia en un lugar diferente al de sus hijos, y con la posibilidad que su pareja, amigos o hermanos mayores mueran antes.

Empero, la soledad del adulto mayor va mucho más allá de la lejanía física con sus familiares puesto que ellos, en muchos casos, aunque se encuentren de visita en casa de sus padres o sus abuelos, no expresan empatía y tampoco acercamiento emocional con la persona de más de sesenta años, sumergiéndose en sus asuntos personales y menospreciando las interacciones dialogadas que puedan tener con sus padres, abuelos…

La segunda forma de soledad que atañe a la adultez mayor, se refiere que ellos se sienten de esa forma después que su pareja ha muerto, lo mismo que algunos amigos y familiares significativos –padres, hermanos, tíos-. Aunque como se dijo en el escrito pasado, la persona mayor de sesenta años significa la muerte como algo natural, especialmente para personas de una edad similar, también se mencionó  que este adulto, quien es testigo de este suceso doloroso, siente que una parte de él muere de igual forma, contribuyendo esto a que se desarrolle con mayor velocidad la desarticulación interna y que deconstruya su subjetividad -pensamientos, emociones, deseos, interpretaciones…-.

La tercera forma de soledad que sufre el adulto mayor se asocia con los daños en sus funciones cognitivas producto de la edad. La pérdida paulatina de recuerdos, especialmente los de corto plazo, pueden dar como resultado que el mayor de 60 años se perciba con una variedad de vacíos en su estructuración interna.

Sin memorias que evocar, el adulto mayor se convierte en un sujeto que se desconoce a sí mismo, por lo cual también la hace con su deseo, determinando solamente su existencia  al interés del otro –hijos, nietos, cuidadores..-. Motivaciones que en la mayor parte de las ocasiones se asocian con la conservación de condiciones para que los órganos vitales del cuerpo –pulmones, corazón..- se mantengan funcionando.

Con estas tres clases de soledades explicadas anteriormente, el adulto mayor se desdibuja en sí mismo, perdiéndose en las enfermedades, tanto físicas como cognitivas, dejando que el otro lo represente únicamente como un objeto de cuidado y no como alguien que desea.

Ser visualizado por el otro como un objeto de cuidado es algo que lo despersonaliza, por lo cual rechaza dicho trato. Trato que no se encuentra vinculado con  lazos emocionales funcionales, ocasionando que se inhiban sus ganas de vivir y se estimulen sus deseos de morir.

En la medida en que el deseo del adulto mayor no tenga lugar en la mente del otro, quien lo pueda contener y lo pueda direccionar al desarrollo de algunos actos, este deseo se disminuirá hasta extinguirse, provocando la muerte psicológica y posteriormente la cesación de la actividad biológica.

Los procesos terapéuticos con el adulto mayor es una herramienta eficaz para que él combata los tres tipos de soledades que se describieron en este texto. El terapeuta le da lugar a su paciente adulto mayor mediante la escucha y posteriores interpretaciones y retroalimentaciones de su discurso, permitiendo que el incentive memorias emocionales, las integre y esto actúe positivamente en la reactivación de su deseo de vivir.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *