Los berrinches en los niños de primera infancia.

Una rabieta o berrinche es un enojo tan grande que la persona, especialmente niños de primera infancia, no puede manejarlo de manera adecuada, llegando a comportamientos que denotan un descontrol a nivel emocional como llanto acompañado de gritos, patadas, puños.

El llanto es un comportamiento natural en los primeros meses de vida cuando existen ciertas demoras en la satisfacción de las necesidades del niño. En este momento, el niño llora con alta frecuencia para llamar la atención y conseguir que los padres les proporcionen alimento y posibilidad para un descanso confortable.

El llamado instantáneo hacia los padres mediante el comportamiento del pequeño, permite que este sea concebido como su herramienta más efectiva de comunicación, razón por la cual se trata de generalizar a otras situaciones diferentes a la obtención de alimento y de condiciones para dormir plácidamente.

De esta forma, el llanto se convierte en una forma de manipulación del niño hacia los adultos. Empero, los mayores se adaptan a este llanto, por lo cual los menores, especialmente aquellos que han tenido vínculos disfuncionales con los adultos, añaden diversas actuaciones para lograr la atención de los grandes y conseguir lo que ellos quieren. Actuaciones asociadas a patadas, puños, gritos..

En caso que las figuras parentales refuercen positivamente estos berrinches con la obtención de su atención y posterior cumplimiento de los deseos de su hijo, esta conducta se convertirá en la cotidianidad de la interacción entre los padres y su descendiente.

Otra situación asociada a rabietas es cuando el menor es cuidado y formado por los abuelos. En este caso, los adultos mayores no tienen la capacidad para soportar los berrinches de sus nietos, por lo cual cuando ellos lo hacen, los abuelos sucumben ante los deseos de los niños para que ellos se queden en silencio y no interrumpan la tranquilidad del adulto mayor, reforzando positivamente la acción de descontrol emocional del menor y dando como resultado poca interiorización de la norma por parte del infante.

Esta es una de las razones principales pòr las cuales los hijos no deben ser cuidados por sus abuelos de manera cotidiana y es preferible  que los menores sean vigilados por personas independientes a la familia que tengan las capadades para hacerlo –paciencia, edad..- y que obedezcan las normativas dadas por los padres del menor, no tratando de modificarlas a su antojo como los adultos mayores.

Los menores significan las rabietas como una manera de pasar por encima de la normatividad que le imponen sus padres o abuelos, pero que los adultos no cumplen por el accionar desequilibrado de su hijo, provocando que él no interiorice una normatividad social, y que intente manipularla continuamente.

Fuera de esto, el hecho que el niño se apropie del berrinche como repertorio conductual, como se dijo anteriormente, puede implicar que el pequeño no ha tenido un vínculo afectivo funcional con sus padres o con sus figuras de apoyo –abuelos- puesto que no reconoce las prohibiciones y además no se ha identificado con las respuestas continentes que los adultos puedan ofrecerle para reponerse a la negación o postergación de su deseo.

Las dinámicas familiares en que las rabietas de los hijos condicionan las repuestas de los mayores, y no de forma viceversa -las respuestas de los mayores determinan el accionar del hijo- como se daría en entornos familiares saludables, puede ocasionar en el menor, además de inconvenientes en el respeto de la norma y de las jerarquías de autoridad, la presentación de dificultades en la adaptación y en el control emocional, trabajo en equipo, solución de problemas, comunicación asertiva…

Cuando el niño pequeño aprende que realizar rabietas tiene resultados positivos, estas conductas se vuelven repetitivas en la adolescencia y la adultez, llegando incluso a acciones de violencia puesto que el sujeto no tiene herramientas emocionales para tolerar la frustración.

Por tal razón, se puede concluir que los adultos que llevan a cabo rabietas, tendrían una estructura de personalidad narcisista que tuvo sus origenes, en la primera infancia, en los momentos en que los adultos cuidadores no ejercieron un efectivo trabajo en equipo asociado a la ejecución de acciones normativas y al desarrollo de acciones continentes en las cuales se formarán competencias para tolerar emocionalmente esas limitaciones, de manera que los deseos se puedan posponer y/o trasformar en formas socialmente permitidas.

Los padres de familia que no conciben las rabietas de su hijo como una situación que genere preocupación, sea a cualquier edad, pueden tener inconvenientes en el proceso de separación de su hijo, así como también podrían tener dificultades en lograr acuerdos entre los adultos.

El desarrollo de este tipo conductas disfuncionales requiere de una acción proactiva y rápida de los adultos para suprimirlas. Acción que puede darse producto de la introspección de los padres o producto de un trabajo terapéutico con los padres y/o con el infante.

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