Posibilidad de una nueva convivencia en el adulto mayor.

Una relación de pareja que comienza en la adultez mayor, se da después que el sujeto ha pasado por dos situaciones que pueden convertirse en emocionalmente desequilibrantes: La muerte física del compañero/a sentimental –muerte reciente o mayor a cinco años-, la ruptura del vínculo afectivo con alguien con la cual ha durado mucho tiempo –ruptura que puede ser reciente o mayor a cinco años-.

En cualquiera de los casos anteriores, la apertura hacia el nuevo vínculo afectivo depende de las experiencias que tuvo con la pareja perdida, y las características de la tramitación del duelo –Proceso que tiene cinco etapas: Negación, culpabilización e ira, negociación, dolor emocional y aceptación-.

Si el adulto mayor tuvo un lazo emocional y/o convivencia saludable con la persona que perdió, por muerte física o por separación, basada en experiencias agradables y enriquecedoras, junto a un proceso de duelo sano, él esta preparado para iniciar una relación de pareja en caso que conozca alguien con quien tenga una afinidad y conocimiento grande.

Aun cuando esta persona tiene las condiciones afectivas que permitan desarrollar funcionalmente un nuevo lazo amoroso, con la posibilidad de una posterior convivencia, el adulto mayor requiere tener en cuenta que para ejecutar esto, ha de tener un conocimiento alto de la otra persona y procurar que se cumplan ciertas condiciones básicas para el éxito de la relación –diferencia igual o menor a 10 años entre los dos, principios de vida similares o por lo menos que se puedan integrar, condiciones socio culturales y educativas parecidas-.

Por el contrario, si el adulto mayor no tuvo un lazo afectivo y/o convivencia funcional con la persona con quien perdió, y además no ha asimilado emocionalmente el duelo, a través de vivenciar sus cinco etapas, no es saludable que desarrolle un vínculo emocional de pareja, y menos aún, de convivencia.

Entre estas dos explicaciones que se pueden localizar en los extremos, pueden existir otras en los intermedios: vínculo emocional fuerte con la persona que perdió pero proceso de duelo incompleto, vínculo débil con el sujeto que perdió pero con cumplimiento completo del proceso de duelo.

Enfrentar funcionalmente las cinco etapas de duelo exige que el adulto mayor desarrolle un proceso terapéutico que permita, entre otras cosas, transformar en discurso las emociones displacenteras, lo cual permitirá disminuirles la carga afectiva, y con ello asimilar afectivamente la perdida.

En este proceso, se producen retroalimentaciones e interpretaciones del terapeuta que ayudaran a la consecución del objetivo anteriormente expuesto, y además permitirá la exteriorización de vivencias con la pareja perdida y la valorización de estas por parte del sujeto que se encuentra actualmente o que estuvo en duelo, o sea aquel que perdió el objeto de amor.

Algunos adultos, especialmente los hombres, debido a la dependencia emocional que tienen hacia la mujer, lo cual se manifiesta en la realización de tareas caseras -preparación de alimentos, organización de la ropa, aseo..-, han optado por el establecimiento de convivencia con otra persona, sin haber hecho un proceso de duelo completo del ser que perdió y/o sin un conocimiento adecuado de la nueva pareja.

Iniciar una convivencia de esta forma, puede implicar que el adulto mayor pretende cambiar el ser perdido por el nuevo. Este es un deseo de engañarse él mismo, evitar el dolor y encontrarse con su mismisidad, deshaciéndose de emociones negativas por la perdida y la persona perdida.

El adulto mayor huye al sentir el vacío por la pérdida, y al sentirse en falta. Con la nueva adquisición, este adulto pretende formar una representación novedosa y depositar en ella carga afectiva nueva y carga afectiva asociada con la representación pérdida, de tal manera que no tenga que hacer el duelo por esa representación sino que la desplace hacia la reciente.  

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