La psicosis, según la psiquiatra Laura Ruiz, es una patología mental en la cual el sujeto pierde contacto con la realidad, modificando su capacidad para interpretar los sucesos, y para tomar decisiones adecuadas y adaptadas. El individuo psicótico puede presentar comportamientos extraños, interacción social alterada y funcionamiento afectado en la parte social, familiar o laboral.
Aunque, los autores han concluido que la psicosis se diagnostica a partir de los 18 años, los primeros brotes de psicosis en baja o mediana intensidad pueden darse en el periodo de la adolescencia, a través de síntomas como tomar distancia de los amigos y sospechar de otros, cambios en los patrones de sueño o ingesta de alimentos, mucha preocupación por la apariencia, ropa e higiene, dificultad para organizar los pensamientos o el habla, pérdida del interés habitual en actividades o pérdida de la motivación y energía, desarrollo de ideas o conductas inusuales, percepciones inusuales –visiones o escuchar voces-, sentir que las cosas no son reales, cambio en la personalidad o sentimiento de grandiosidad.
En caso que el adolescente tenga una consciencia alta de sí mismo como para conocer que su pensamiento no es real sino una ficción, este sujeto tendrá mayor facilidad para modificar los síntomas psicóticos puesto que todavía se encuentran en etapas incipientes.
La mayor parte de estos brotes ocurren cuando el niño o el adolescente ha estado sumergido en un trastorno depresivo y/o ansiedad durante un periodo mayor a tres años, motivo suficiente para que los padres que han tenido relaciones cercanas con su hijo, puedan darse cuenta de sus cambios en el comportamientos y puedan incentivar y exigir la valoración de profesionales de salud mental.
En estos brotes, los comportamientos del adolescente se caracterizan por un predominio del proceso primario –libre descarga de energía sin tener en cuenta el entorno o la lógica-, con una vida fantástica y muy agresiva, la cual muchas veces se asocia con una sexualidad desequilibrada.
Dicha vida fantástica se puede producir en ensoñaciones masivas que se configuran como refugio defensivo que resta energía a la realidad y a la actividad del pensamiento, y no como procesos normales que permiten la creatividad y la re-estructuración de la identidad.
Algunas investigaciones señalan que los adolescentes que presentan brotes psicóticos puede ser porque han tenido un vínculo afectivo disfuncional con sus padres o porque han tenido algún tipo de disfuncionalidad emocional –trastornos de alimentación o de sueño, rituales obsesivos, trastorno de déficit de atención con hiperactividad..-.
Los brotes psicóticos en el adolescente son distintos que la fantasía compensatoria, en la cual el púber presenta ante el exterior, una imagen más deseable de sí mismo y de su entorno familiar cercano –una familia diferente con éxitos financieros, deportivos, monetarios…-
El adolescente con acciones psicóticas puede presentar inconvenientes para concebirse como individuo, definir su identidad para poder desarrollar su creatividad, con imposibilidad para desalinearse del mandato de los padres y con demasiada dificultad para llevar a cabo el duelo por la finalización de la infancia y la llegada a la adolescencia, y el duelo por la terminación de la pubertad y el inicio de la adultez joven.
En caso que los padres se den cuenta acerca que su hijo esta teniendo estos brotes psicóticos en baja intensidad y en situaciones particulares, los adultos exigirán que su hijo comience un proceso terapéutico que permite encontrarse con su mismisidad, restablecer las relaciones disfuncionales con sus primeros objetos de amor a través del vínculo emocional con el profesional de salud mental, y conocer las ganancias de este tipo de acciones para su posterior modificación.