
A diferencia de los sujetos de las cuatro primeras etapas de la vida –niñez, adolescencia, adultez joven y adultos entre 25 a 40 años-, quienes no poseen, en la mayor parte de las veces, motivaciones y/o herramientas para ejecutar la introspección, las personas pertenecientes a la adultez media y a los adultos mayores, especialmente estos últimos, dan significancia y tienen elementos para desarrollar procesos de esta índole –introspectivos-.
Muchos factores favorecen la intensificación de la introspección en el adulto mayor, entre ellos se pueden nombrar la no existencia de una actividad laboral, la soledad, la ausencia de un proyecto de vida, las tres vulnerabilidades de las cuales son objeto –física, psicológica, social-….
El hecho que el adulto mayor ocupe gran parte del tiempo pensando sobre sí mismo en aspectos relacionados con su historia, sus estados de ánimo…, sin el acompañamiento de una escucha terapéutica, o por lo menos de un otro familiar o social, puede permitir que se desarrollen el trastorno obsesivo compulsivo y/o el trastorno depresivo.
Teniendo tanto tiempo para ejecutar esta acción -pensar en sí mismo y en los demás, en cuanto estos individuos tengan la capacidad de afectar su estabilidad emocional-, una gran cantidad de ocasiones debido a su incapacidad para moverse de manera autónoma y otras veces por su falta de actividad tal como se señaló anteriormente, el adulto mayor centra su atención en los detalles más minúsculos de las interacciones, y crea cualquier cantidad de posibilidades en la ocurrencia de situaciones o de respuestas ante estas.
Probabilidades enmarcadas desde una interpretación negativa puesto que la mayor parte de sus vivencias están ligadas a retrocesos o estancamientos –Decaimiento de las funciones biológicas, el desequilibrio en su autoestima, la discriminación cultural-. El adulto mayor proyecta hacia afuera aquello que esta viviendo internamente.
Para equilibrar estas interpretaciones sesgadas puesto que solo son percibidas desde la negatividad o nocividad, los adultos mayores, además de los vínculos afectivos sólidos que debe sostener con su familia y con sus pares, también necesita tener la oportunidad para el desarrollo de un proceso terapéutico. En este caso, el adulto mayor podrá conseguir un bienestar más integral.
Un proceso terapéutico en el cual se produzca una escucha con un otro capacitado, mediante un conocimiento y una experiencia profesional, quien pueda ofrecer al adulto mayor retroalimentaciones certeras que posibiliten estimular su interpretación sobre su verdad, la cual no solo esta cargada de significaciones perjudiciales.
Dicho proceso, como se ha dicho en escritos anteriores, incentiva en el paciente, en este caso el adulto mayor, el desarrollo de soluciones para los malestares o inconformidades actuales, teniendo como base el conocimiento de su lado latente, la integración de este con su lado manifiesto, y por ende, crear la capacidad para proporcionarle otro sentido a su existencia.
Para que los procesos terapéuticos con el adulto mayor, tengan efectos positivos, estos han de estar caracterizados por un vínculo de confianza entre terapeuta y paciente, lo mismo que por un alto interés del grupo familiar por las implicaciones acerca que su adulto mayor sea parte de esta experiencia.
Como conclusión a este escrito, se puede concluir que las vulnerabilidades que tiene el adulto mayor, origina que sus procesos introspectivos sean sesgados hacia el lado negativo. Desde esta manera de entender las cosas, este adulto mayor tiene la posibilidad de equilibrar sus análisis frente a su realidad, si esas lecturas se implementan en un contexto terapéutico.
Dicho contexto se dará en la interacción con un otro, que supuestamente tiene el saber. Otro que proporcione retroalimentaciones sobre los dos extremos, para que el adulto mayor pueda integrarlos y cree soluciones novedosas ante sus situaciones conflictivas, otorgándose el saber a él mismo, y no al terapeuta.