Procesos terapéuticos en el adulto joven.

Uno de los objetivos de los procesos terapéuticos en la adolescencia es la exploración de la mismisidad, la cual entre otras cosas, permite que el sujeto profundice en su propio deseo y lo pueda adaptar a distintas actividades en los aspectos académicos, laborales, ocio…

Dicho propósito de esta clase de procesos se amplía a la adultez joven, puesto que, entre los 18 y 25 años, el sujeto se siente presionado por el orden social, para encontrar la dirección en la cual enfocará sus esfuerzos. En caso de no haber respondido los interrogantes sobre sus gustos integrados con sus fortalezas, esto puede repercutir negativamente tanto en sus interacciones como en sus vínculos afectivos con la familia, parejas y amigos.

Encontrar el propio deseo o estar en el camino de hacerlo a través de la indagación particular de su sí mismo, es un recorrido que solo se puede hacer de manera funcional con la escucha de un otro terapéutico, el cual es significado por el paciente, y en algunos casos por su entorno cercano, como aquel que sabe y puede curar.

Connotar al terapeuta de esta manera, deja al profesional recubierto de un manto de poder y permite  alcanzar una cercanía afectiva entre las dos personas –profesional y paciente-, fenómeno similar al que el actual adulto joven ha tenido con sus figuras parentales, más que todo en su primera infancia.

Este tipo de vínculo afectivo que puede desarrollarse dentro de un ambiente terapéutico, también promueve la posibilidad de modificar la representación negativa de los propios padres, convirtiéndola en positiva, para de esta manera lograr que el paciente adquiera herramientas emocionales que permitan enfrentar adecuadamente las situaciones cotidianas.

Dentro del camino en el descubrimiento de su mismisidad, se encuentran involucrado aquellos aspectos concernientes al cuestionamiento sobre la forma en que el adulto joven obtuvo, en caso que lo hubiera hecho, la identidad individual durante la adolescencia y la forma en que esta consiguiendo, en su época presente, la identidad social, producto del sentir del sujeto acerca de la pertenencia a ciertos grupo y producto de su desempeño personal de los grupos a los cuales pertenece.

Las intervenciones del terapeuta –retroalimentaciones e interpretaciones- junto a la adecuación del paciente a un contexto terapéutico, ocasiona que él cuestiones sus conductas y sus formas funcionales o disfuncionales que tiene al procesar la información –sentir, pensar..-.

En cuanto a los comportamientos, algunos de ellos podrían ser insanos –consumo de sustancias alucinógenas, desmotivaciones, trastornos somatoformes o alimenticios, manejo inadecuado de la ansiedad, adicciones sin sustancias como al juego o a redes sociales-, pero a pesar de esto, dejan ganancias emocionales para el adulto joven, las cuales son desconocidas hasta que el proceso terapéutico incentiva su descubrimiento.

Generando la manifestación de la forma en que el adulto joven quiere construir su futuro, lo mismo que la verbalización de su verdad presente y de su pasado inmediato –adolescencia-, el proceso terapéutico permite e incentiva, también, que el paciente adulto joven indague sobre su pasado lejano que recuerda y aquel que tiene escondido pero que logra manifestar mediante las intervenciones del terapeuta, provocando una asociación de ideas, y por ende, la caída de la barrera represiva que cubre ciertas memorias de carácter traumático para el niño de primera infancia, especialmente las que se dieron antes de la aparición del lenguaje –el nacimiento, destete, el proceso de independencia de los padres…-.

De este modo, los procesos terapéuticos con el adulto joven, propician que este sujeto implemente una ilación de su presente con su pasado, y de sus memorias manifiestas con sus memorias latentes. Recuerdos de este tipo que se convierten en conocidas por las asociaciones estimuladas gracias al papel del terapeuta de direccionamiento del discurso del paciente.

Como punto anexo, este terapeuta implicado en el dialogo del paciente consigo mismo, procura lograr que el adulto joven tenga una integración de su presente con su pasado, y de sus memorias manifiestas con aquellas latentes, dando como resultado que él se pueda concebir como alguien que reconoce que esta incompleto pero a pesar de esto, desarrolla esfuerzos para inventar un sello personal o manera particular de existir. Particularidad que incentiva su capacidad para enfrentar la vida equilibradamente, gozando ese proceso.

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