
Los trastornos de comportamientos se presentan por la conjunción de variables genéticas -herencia-, variables biológicas –funcionamiento cerebral- y variables ambientales. Estas últimas son determinadas por las vivencias e interacciones con las diferentes personas que hacen parte de su medio ambiente.
De este modo, cada vivencia e interacción ejerce cierta influencia en la conducta humana. Sin embargo, las experiencias de los primeros ocho años de vida, son las bases de la estructura de la personalidad, y son las que permiten equilibrar el comportamiento respecto de algún rasgo de personalidad dañino heredado o respecto de algún ineficaz funcionamiento cerebral.
En cuanto esos primeros años de vida, las vivencias edificantes se dan por el vínculo que el hijo tiene con sus dos padres, por la relación entre ellos y por la significancia que las figuras parentales den a su hijo. Definición por la cual el hijo puede ser visualizado como alguien de la propiedad de los padres o alguien amado que se debe adaptar a un orden cultural.
Acerca del vínculo que el hijo tiene con sus dos padres, este puede ser funcional en la medida que permita que el infante construya apegos seguros para el desarrollo afectivo, cognitivo, físico, adaptativo y de lenguaje, o disfuncional en la medida en que no confíe en sus dos padres o en la medida que ellos no estimulen y no exijan la adquisición de normas, el desarrollo de habilidades físicas –gatear, caminar etc-, la experimentación con la consecuente formación de representaciones, la formación de afectos y el aprendizaje de un lenguaje cultural.
Sobre la relación de los padres, esta depende de la sana convivencia que exista entre ellos y que ellos sean capaces de formar un equipo de trabajo en relación a la formación de su hijo. Una relación entre padres saludable se caracteriza por el respeto y por la implementación de acuerdos frente a su hijo, mientras un vínculo enfermo esta dado por la violencia entre las figuras parentales y por una falta de unanimidad de criterios de manera que un padre dice una cosa y el otro padre algo distinto, lo cual aprovecha el niño para manipular y hacer lo que desea.
Refiriéndose a la significancia de los padres con el hijo, muchos adultos visualizan al pequeño de manera salubre porque han permitido que él se adapte a una cultura que le exige el cumplimiento de normas, la posposición del deseo y la separación de la relación demasiado cercana entre madre e hijo, mientras que otros padres, especialmente la madre, perciben a su hijo, como la persona que la complementa, que le procura mayor felicidad y que puede obtener todo lo que desea.
Los trastornos de conducta antisocial o la estructura de personalidad psicopática, requieren para su aparición y desarrollo, además que haya problemas en el funcionamiento cerebral y herencia desfavorable, padres que tengan rasgos patológicos de personalidad, algo que repercute en un vínculo afectivo insano entre ellos y entre ellos con su hijo.
Así, los padres con rasgos patológicos de personalidad no son capaces de adecuar a su hijo sanamente a las exigencias de una sociedad, la cual exige el cumplimiento de una normatividad, la posposición de la satisfacción inmediata y el esfuerzo individual encaminado a actividades socialmente aceptables.
Con la formación de este tipo de padres, el hijo desarrolla motivaciones asociadas a la realización de actividades por fuera de la ley o por lo menos a la creación de estas, dependiendo del nivel de inteligencia, tal como se señaló en el escrito anterior.