
Las referencias espontaneas de aquellos sucesos que las personas han vivido, se convierten en muy numerosas a partir de la adultez mayor. Sin embargo, en la mediana edad, o sea de los 40 a los 60, estas reminiscencias se incrementan en sus presentaciones, comparado con los años anteriores.
En este rango de edad, existe el surgimiento de una mirada introspectiva frente a alguna limitación personal subjetivamente vivida. Mirada que puede ser auto-rumiadora –pensamientos repetitivos y culpabilizantes acerca de su limitación o de los resultados negativos de una acción-.
Como defensa a esta introspección con tintes perjudiciales, la persona la reprime, verbalizando con los demás exactamente lo contrario, o sea reminiscencias positivas, las cuales permiten al sujeto mantener la economía emocional en un estado de equilibrio.
Fuera de concebir como placenteras estas memorias verbalizadas, los individuos de estas edades, también representan de esta manera los contextos sociales que estimulan la exteriorización de los recuerdos positivos –reuniones con compañeros de colegio o encuentro de grupos antiguos de amigos…-.
De esta forma, el sujeto adquiere el hábito de pensar y de interactuar con las personas de su entorno mediante el relato de eventos o el recuento de experiencias pasadas que tuvieron un significado especial, lo cual posibilita tener tranquilidad y enorgullecimiento consigo mismo.
Las reminiscencias positivas permiten que el adulto de mediana edad se enfoque en estas experiencias en el momento en que resolverán determinado inconveniente, buscando reordenar y encontrar consistencias a la vida. Dichas memorias facilitarán la creación de una marca personal.
Estos eventos pasados recordados pueden ser momento de intensa satisfacción compartidos con otros, experiencias propias ligadas a un rendimiento sobresaliente en alguna actividad, sucesos que el individuo considere reveladores para el descubrimiento de quien es y de su sentido de vida, entre otras cosas.
Aunque las verbalizaciones por parte del adulto de mediana edad acerca de sus recuerdos gratos, es una forma de comportamiento natural con fines determinados, algunos sujetos de esta edad utilizan esta herramienta para esconder sus síntomas depresivos.
Ellos no recuerdan los sucesos positivos como manera de equilibrarse y retroalimentarse en el desarrollo de invenciones particulares sino que usan esta forma de vincularse con los demás como única posibilidad en su repertorio personal para no darle cabida a estados emocionales asociados a la tristeza y decaimiento.
Las personas cercanas emocionalmente a los adultos de mediana edad, necesitan interpretar la naturaleza del uso de los recuerdos que su allegado –sea familiar o amigo- utiliza, para darse cuenta si otorgan una lectura depresiva a dichos actos, recomendando, de esta manera, el inicio de un proceso terapéutico.
Este proceso permitirá que el adulto de mediana edad, manifieste sus vivencias histórica positivas pero también trámite en el discurso aquellas que han provocado traumas o malestares psicológicos y las re signifique como consecuencia de la transformación del recuerdo, la propia escucha y de las intervenciones del terapeuta.
Dicha re significación permite disminuir carga negativa a aquellas reminiscencias, combatir el componente depresivo e integrar estas representaciones con las memorias positivas, permitiendo de esta manera el desarrollo de una marca particular.
Es necesario aclarar que muchas reminiscencias nocivas para la salud mental del individuo, se han reprimido a través del tiempo, en muchas ocasiones sin que el propio sujeto sea consciente de ello, produciendo un olvido que solo el proceso terapéutico puede contrarrestar