
Una discapacidad es una deficiencia del cuerpo o del pensamiento que genera dificultad en las personas para la realización de ciertas actividades y/o propicia inconvenientes para las sanas interacciones con el medio ambiente. En la mayor parte de las ocasiones, la literatura hace referencia a discapacidades físicas y cognitivas.
Sin embargo, el presente autor considera importante aperturar este concepto al referente a la parte emocional. De esta forma, la discapacidad de esta índole se podría definir como una deficiencia del sujeto para tramitar sus emociones adecuadamente, lo cual produce, tal como el significado de discapacidad lo afirma, dificultades para la realización de ciertas actividades y/o propicia inconvenientes para las sanas interacciones con el mundo.
En los adultos mayores, una situación que comúnmente tiene lugar y que origina un inigualable malestar emocional es la muerte física de su pareja, especialmente si ella –la pareja- ha sido un vínculo afectivo compartido durante largos años con hijos de por medio.
Sin embargo, dicha situación de duelo que pueden sufrir los sujetos mayores de sesenta años, se puede acrecentar hasta tal punto, especialmente cuando el miembro de la pareja que conserva la vida es el hombre, que se convierte en una discapacidad emocional.
Por esta razón, se pueden observar adultos mayores del sexo masculino que quedan tan devastados con la muerte de su esposa o compañera sentimental, impidiendo esto que desarrollen un proceso de duelo funcional, el cual tiene cinco tiempos diferentes, como se ha planteado en escritos pasados.
Ellos se quedan en las primeras etapas, no pudiendo terminar la última, o sea aquella en que se logra aceptar y asimilar emocionalmente esta pérdida mediante el cambio de perceptiva ante esta muerte. Ultimo paso que significa que los rasgos positivos de la persona fallecida se puedan integrar y encontrar en la mismisidad del sujeto que vive.
De esta forma, el adulto mayor tiene alta probabilidades de iniciar un proceso depresivo. El no tiene motivaciones, sintiendo que su vida tomo otro giro del cual no ha podido recuperarse por sí mismo, y tampoco ha querido hacerlo con el direccionamiento de un otro terapéutico.
En este momento, algunos adultos mayores toman decisiones inadecuadas como formar vínculos de convivencia con personas que sirven aparentemente para reemplazar al cónyuge que se perdió en cuanto a la realización de funciones, de tal manera que no tengan necesidad de tramitar, por ellos mismos, el vacío dejado por la pérdida afectiva.
Esta nueva relación afectiva del adulto mayor tiene la particularidad que demora muy poco desde el tiempo en que se conocieron hasta cuando determinaron convivir en el mismo hogar. A pesar de este poco tiempo, la adaptación no es complicada puesto que la acompañante del adulto mayor, con quien muchas veces existe una diferencia de edad superior a los diez años, es una persona sumisa que, por lo menos en un principio, seduce al sujeto mayor de sesenta años, ejecutando las funciones, en cuanto al cuidado del hogar y de él como persona, que hacía su pareja fallecida.
El adulto mayor queda sin terminar un duelo por su esposa fallecida pero no tiene necesidad de hacerlo, puesto que ha conseguido otra persona quien la suplante, tomando su lugar tanto en sus funciones como en la representación mental de pareja amada.
Este no es un sentimiento real puesto no se concibe a la nueva persona tal cual es sino como el ideal dejado por aquella quien murió, algo que también puede ser interpretado como un engaño tanto para el sí mismo como para la otra persona, aunque ella de algún modo sabe lo que esta pasando pero pretende ignorarlo por otro tipo de ganancias –estabilidad económica, afectiva..-.
El vínculo afectivo de convivencia comenzado recientemente por el adulto mayor se convierte en patológico puesto que este conlleva demasiadas características similares con aquel que tuvo el adulto mayor con su pareja cuyo fallecimiento ocurrió hace poco –mismas actividades, rituales de comida, dormida, temas de diálogos..-.
Es un lazo emocional motivado por la muerte de su pareja pero que no se ha podido salir de esta temática –muerte- puesto que no existe alguna creación en la nueva convivencia, la cual se basa en la repetición de la totalidad de comportamientos equilibrantes de la relación pasada. Conductas que por su equilibrio, no generan movimientos emocionales, y por ende, tampoco innovación.
La muerte física de la difunta se traduce en los deseos de muerte del viudo. Sin embargo, esta es una motivación que se desplaza desde lo físico hasta lo simbólico. Desde el campo representativo, la muerte es entendida como la inactividad total mientras que la vida es entendida como el movimiento.
Otras decisiones inadecuadas que ejecutan algunos adultos mayores hombres para refugiarse del dolor producido por el estado de viudez sin tramitarlo emocionalmente de una forma adecuada, es pretender que sus hijas mujeres reemplacen totalmente a su madre en el cuidado de sus padre.
Dicha pretensión también se encuentra acompañada de un alto contenido de muerte desde el punto de vista simbólico o representativo puesto que no existen los deseos del adulto mayor por llevar a cabo aprendizajes que permitan adquirir herramientas de independencia.
En el momento de entregar el control de su cuidado personal y la dirección de la generalidad de las actividades de su propio hogar, el adulto mayor incrementa la velocidad de la pérdida de su mismisidad, la cual inicio con la muerte de su compañera sentimental pero se ha recrudecido con la significación que es un objeto de cuidados por parte de su hija y no un objeto de deseos tanto para los demás como para él mismo.
Sentirse como un objeto de cuidados de sus hijas, puede acelerar el proceso de empobrecimiento de sus capacidades físicas y cognitivas, estimulando el rápido desarrollo del trastorno de Alhzeimer, o la aparición de distintas dolencias corporales –cáncer, disfuncionalidades en los huesos o en los movimientos…-.