La eutanasia es el proceso para acelerar la muerte de una persona que posee una enfermedad incurable cuyo objetivo es evitar el sufrimiento. La eutanasia se diferencia de un suicidio asistido puesto que en ella existe un médico quien administra los fármacos a la persona que desea morir, mientras que en la segunda –suicidio asistido- es la propia persona que desea morir, con orientación de otro quien tiene el saber, la que pone fin a su vida con la ingesta de un fármaco letal.
La eutanasia puede ser activa o pasiva. La activa es aquella en que el personal médico interviene para provocar la muerte, suministrándole fármacos o determinadas sustancias. La pasiva es cuando el personal médico no interviene en el cuerpo para salvarle la vida, sino que practica una omisión de procesos recuperatorios o terapéuticos, con el objetivo de permitirle al paciente su muerte.
Los detractores de la eutanasia han querido explicar su posición desde variados puntos, en donde se incluye el derecho, alegando argumentos como que es un homicidio, o que puede dar lugar a múltiples delitos por parte de quien se beneficiaría con esa muerte.
Sin embargo, el autor de este texto piensa que la valorización positiva o negativa –desvalorización- de la eutanasia tiene una intensa asociación con el sentir del sujeto y de su microambiente –familia nuclear y familia extensa- sobre a quién le pertenece la vida y cual es el sentido de ella –la vida-. Cuestionamiento que en la mayor parte de ocasiones direcciona a la creencia en deidades y la pertenencia a determinada religión.
En efecto, si la persona siente radicalmente que su vida es propiedad de un dios, y su sentido depende de su voluntad, lo más probable es que no este de acuerdo en que el propio ser humano pueda disponer de su existencia, así sea que tenga una enfermedad o un trastorno genético que lo sumerja en un estado de dolor, tanto físico como emocional, inaguantable. Esta persona tiene que esperar la muerte natural, significada esta como el deseo de su ser divino, de la manera en que lo designan las escrituras sagradas de su religión.
Pensando de esta manera, el individuo no puede cuestionar la vida y mucho menos evaluar su inviabilidad, por lo cual se oponen a los derechos a una muerte digna, lo mismo que a la autonomía del enfermo, derecho a evitar el dolor, y desaprueban contundentemente la eutanasia entendida como un acto de piedad.
Fuera de ser pasivo a este estado de sufrimiento, las religiones han provocado que sus seguidores o adeptos interioricen el concepto que entre mayor nivel de dolencias tenga en este mundo, mayor será la probabilidad de ocupar un lugar cercano a su deidad después de la muerte.
Por otro lado, las personas que no han tenido durante sus años un paradigma religioso o que por su proceso de enfermedad se han salido de este, pueden ser capaces de visualizar esta alternativa –eutanasia- como una forma muy radical, pero también efectiva, de no prolongar más una agonía sin límites tanto para él mismo como para los demás.
Salir de este paradigma implica aceptar que el cuerpo propio solo le pertenece al sí mismo, y no es éticamente -la ética es una rama de la filosofía que permite dar una caracterización de lo bueno y lo malo, lo correcto e incorrecto, la felicidad y el deber- reprobable la implementación de un acto que lo aleja del sufrimiento sin hacer daño al otro.
Adicionalmente, estar fuera de la manera religiosa de concebir la eutanasia, se relaciona con no sentir que dicho acto se convierte en un desafío con dios puesto que en este caso, él –dios- no existe o no esta disponiendo el morir según su deseo sino que la muerte es obra motivada del ser humano.
El hecho que el sujeto haya tenido una participación activa para la aprobación de su propia eutanasia, puede movilizarlo hacia el cierre interno de procesos psicológicos y la despedida tanto física como simbólica que desarrollará con sus personas cercanas emocionalmente y con él mismo.
Esta despedida del sujeto que va a morir también posibilitaría que los familiares tengan o agranden su empatía con aquel miembro que decidió tomar este camino como forma escogida para aliviar sus dolores y con ello equilibrarse emocionalmente en el instante de su muerte, puesto que tendrá la convicción que no volverá a tener esas dolencias infinitas.
Como último concepto fundamental acerca de la eutanasia, el autor considera que el enfermo terminal que le ha sido aprobado este procedimiento, necesita tener ciertas sesiones con un otro terapéutico, lo cual le facilite diversos objetivos como la manifestación de emociones, el cierre de algunos procesos internos, la despedida de familiares o personas cercanas…