Cuando el hijo cumple tres años o antes de finalizar el segundo año de vida, una gran cantidad de padres deciden que los menores deben comenzar su proceso educativo. La mayoría de estos padres actúan de esta manera más por obligación que por convicción.
Dicha obligación adquiere, para los adultos, cada vez mayor relevancia, debido que la sociedad está exigiendo más conocimientos y habilidades sociales de los niños a menor edad. De tal manera, no escolarizar a los hijos entre los tres y cuatro años de vida, puede interpretarse como una negligencia de los padres.
Atendiendo a esta necesidad social, los hijos deben hacer un segundo “destete” que consiste en que ellos abandonarán, por cierto espacio de tiempo, su casa –sitio de albergue, refugio etc-, o sea su madre, para adecuarse a una cultura externa, o sea un otro, el cual está representado en las entidades del jardín, la institución de educación primaria y en los niños que serán sus futuros compañeros de estudio.
La adaptación que el menor tenga del contexto educativo, estará determinada por los rasgos de personalidad del niño/a, por su grado de dependencia hacia sus figuras parentales, y por las respuestas que él reciba de sus padres apenas socialice sus experiencias en el jardín o en el colegio.
El niño genera un discurso acompañado de cierta carga afectiva alrededor de sus vivencias cotidianas, lo cual es acompañado de una respuesta determinada por los padres. Respuesta que depende de si lo que cuenta su hijo satisface las expectativas de ellos hacia la institución, y depende de las socializaciones acerca del trato con las profesoras y con los compañeros.
Las representaciones que el niño tuvo son influenciadas por las respuestas que dieron sus padres, con las cuales se identifica y las hace como propias. De esta forma, el niño llega al colegio al día siguiente con aquella información interiorizada por la interacción con sus padres el día anterior
Por toda esta dinámica compleja que se desenvuelve en la adaptación del niño al jardín y al sistema educativo, en la cual existe una repetición de manera de procesar la información, los padres deben tener especial cuidado en el tipo de institución educativa que escogen para sus hijos.
Los adultos necesitan entender que, además de ser una cuestión únicamente de costos, esta escogencia tiene mucha relación con su manera de percibir el mundo, similitud con sus expectativas como padres y similitud con el modelo educativo que las figuras parentales tienen en el hogar.
Matricular al hijo/a en determinado jardín infantil y después en una institución educativa específica de primaria, requiere que los padres hayan realizado una investigación exhaustiva sobre las diferentes variables que pueden acompañar esta decisión.
El primer punto que deben tener en cuenta es la temática relacionada con el proceso formativo en sí: Filosofía, metodología de enseñanza, equipo docente, instalaciones, actividades extracurriculares, tópicos de formación, tareas, normas, manual de convivencia, reunión de padres…
El proceso formativo tanto del hogar como de la institución educativa ha de tener una gran cantidad de similitudes y pocas diferencias. En esta temática, las figuras parentales han de centrarse en algunos temas álgidos que pueden producir conflictos en el presente o en el futuro como la concepción de sexualidad y religiosidad, lo mismo que la significación del ser humano y de sus valores.
El ofrecimiento de la institución educativa sobre la implementación de los procesos formativos, provocará satisfacción a los padres de familia y estimulará que ellos sean proactivos en las actividades obligatorias y extras del colegio, la generación de ideas que permitan mejorar los procesos formativos, y en la preocupación por lograr la linealidad entre hogar y escuela.
El segundo punto, pero no menos importante y que ha de evaluarse simultáneamente con el primero, tiene relación con los aspectos más concretos o de mayor operatividad: Precios, horarios, distancia y transporte, alimentación, tipo de seguros estudiantiles de salud…