
El ser humano es alguien que necesita moverse en un colectivo para lograr su supervivencia en la lucha con otras especies que tienen mejores recursos biológicos –más fuerza, mayor velocidad..-, y para conseguir logros más avanzados tanto en su entendimiento de la realidad como en la manipulación del ambiente. La naturaleza social exige cierto grado de interdependencia con los otros.
A pesar de esta necesidad por la interdependencia, el individuo requiere tener un grado adecuado de independencia, algo que permita visualizarse como el centro de su propio mundo, lo mismo que la principal fuente de su estructuración y equilibrio interno, para de esta forma, tener las herramientas emocionales suficientes en la adaptación a los grupos a los cuales pertenezca o pretenda pertenecer.
A este concepto doy el nombre de independencia funcional y se diferencia de la independencia extrema puesto que en esta última, el ser no siente y no comprende la importancia de los vínculos afectivos con los otros, significándose como alguien asocial, mientras que en la denominación funcional, la vida del sujeto se caracteriza por momentos compartidos con los otros y por momentos individuales.
De esta manera, la persona que es independiente funcional es capaz de alejarse emocional y físicamente –trasladándose de sitio de vivienda- del grupo de su familia extensa en el cual es direccionado por los padres, abuelos y/o tíos, a formar su propia hogar con su esposa y sus hijos. Hogar en el cual ambos adultos, que antes se comportaban como hijos, ahora son los que manejan el colectivo tomando la totalidad de las decisiones
Al llevar a cabo esta acción, los adultos que lo hacen, no tienen miedo que serán abandonados por el grupo –familia extensa- y encaminarán sus esfuerzos a la construcción de una dinámica familiar funcional con su familia nuclear actual –pareja e hijos-, caracterizada por vínculos afectivos sólidos, la formación de un equipo de trabajo, el desarrollo de los hábitos de introspección a nivel individual, pareja, padres e hijos, entre otras cuestiones.
Por el contrario, los hijos que no tienen una independencia funcional de sus padres y/o el resto de su familia extensa, requieren que estas figuras estén presentes en la totalidad de los lugares, tiempos y decisiones significativas. Estos descendientes no son capaces de separarse de papá o mamá, abuelos o tíos, incluso en las situaciones en que conviven con otra persona y/o tienen sus propios hijos.
La falta de independencia funcional con la familia extensa se puede observar cuando los adultos –hijos, nietos o sobrinos- después de embarazarse por encima de los 20 años, o cuando deciden convivir con alguien, lo hacen quedándose en la casa familiar, sin romper ese “cordón umbilical” que los une.
En estos casos, no existen signos de separación, y antes por el contrario, el adulto pretende que el vínculo demasiado cercano que tiene con su familia, se agrande otro poco, anexando una pareja o hijos, lo cual permite visualizar un ambiente familiar poco saludable y falto de límites.
Los abuelos, padres o tíos que toleran dicha dinámica, han tenido, desde hace muchos años, un ambiente familiar en que no desarrollaron el concepto de confianza en los menores, algo esencial para que se pudieran separar de ellos y explorar los distintos contextos por sí mismos.
La desconfianza es una emoción que se ha repetido en toda la historia de los hijos. Ellos, en su infancia sintieron que serían abandonados o que sus padres no serían capaces de contener sus emociones al retirarse para después retornar su indagación del lugar en que estaban, por lo cual prefirieron no apartarse, quedándose al lado de los adultos y negando su interés por conocer.
Aparte de no dar confianza para el alejamiento del pequeño, los padres tampoco exigieron de su hijo este comportamiento, acomodándose a sus deseos de no moverse de su lado, siendo permisivos, y a la vez estimulando los actos que denotan dependencia hacia ellos, puesto que estos actos generan ciertas ganancias para los padres.
Ganancias asociadas al no enfrentamiento de una dinámica de pareja conflictiva. El hijo dependiente no otorga espacio para que sus figuras parentales puedan ejecutar una introspección de pareja, y con ello tomar decisiones respecto de su futuro.
Adicional a los argumentos anteriormente expuestos, estas figuras parentales no han estimulado la formación de ciertas competencias blandas como la ética, por lo cual los hijos no se sienten deshonrados o avergonzados al involucrar a otros –hijos propios, pareja- en una relación sin distanciamientos con la familia extensa.
El presente escrito ofrece algunas explicaciones que permiten concluir que aquellas personas que viven con sus hijos y parejas en la misma casa de su familia extensa, pueden tener problemas de separación, poco o nulo desarrollo de competencias blandas y escasa adquisición de una normatividad social.