
La “luna de miel” es un término utilizado en muchos países para referirse al periodo de tiempo inmediatamente posterior a la boda, durante el cual la pareja suele realizar un viaje de placer. Por motivos laborales, este viaje puede aplazarse de uno a seis meses.
La “luna de miel” son unos días de descanso que ofrecen a los miembros de la pareja múltiples oportunidades, una de ellas es iniciar la convivencia con la otra persona en un ambiente de relajamiento y placer, por lo cual no existen obligaciones laborales durante este tiempo.
La “luna de miel” como la totalidad de las acciones, tienen un antes, un durante y un después. El antes se encuentra dado por la escogencia del lugar entre los dos, segùn la capacidad económica de la pareja, según los deseos individuales, y según el logro de una posición media entre esos deseos. También depende del tiempo del año y el número de dìas que cada persona puede utilizar para dicho viaje.
El involucramiento de los dos en el antes de la “luna de miel” permitirá que los miembros de la pareja, profundicen en sus pronosticos acerca de cómo será la dinámica de la pareja, en el sentido de la clase de comunicación, solución de conflictos, toma de decisiones, logro o no de acuerdos y proactividad en el papel que cada uno tenga dentro de la pareja.
El momento del viaje es el instante en que los esfuerzos solamente se encaminan en compartir el mismo sitio de vivienda durante varios días y la totalidad de las actividades, sin la presión de solucionar las situaciones cotidianas que generan inconvenientes –gastos, trabajo, quehaceres de la casa..-, algo que facilita a los adultos el conocimiento de los hábitos de la otra persona, la creación de acuerdos de convivencia y la profundización acerca de su forma de pensar en muchas cuestiones.
Aunque los miembros de la pareja encaminarán su atención y motivación hacia las acciones de recreación y esparcimiento, y aunque los ánimos de las dos personas se encuentran determinados para lograr ese objetivo, las interacciones dentro y fuera de la habitación y las conversaciones sobre diferentes tópicos ofrecen muchas oportunidades para ahondar en las áreas comportamentales, emocionales y de pensamiento de la otra persona.
Al mismo tiempo que el viaje de la “luna de miel” origina un alto estado de felicidad que promueve un deseo por el mejoramiento de las diferencias, este también permite la exploración sexual, un mayor acercamiento afectivo y la creencia que los dos miembros pueden formar un equipo de trabajo sólido.
En el momento que las dos personas retornen descansados y con una actitud emocional caracterizada por mayor disposición en llevar a cabo las modificaciones necesarias acordadas durante el viaje, ellos requieren dialogar sobre los conocimientos del otro que provocaron emociones negativas, o sobre los acuerdos de convivencia que realizaron, volviendo a comprometerse a lo acordado durante esta aventura.
Esta conversación ha de darse a la semana siguiente de haber regresado al hogar puesto que los niveles de bienestar han bajado un poco y los dos miembros perciben la realidad en su forma cotidiana. La realidad que los miembros de la pareja interpretaron en su “luna de miel” puede ser un poco ilusoria, de la misma magnitud de extasis que es percibida la vida en las situaciones de enamoramiento o bajo los efectos de algunas sustancias psicoactivas.
Desde mi práctica terapéutica, considero importante tener un pequeño o gran viaje de luna de miel, dependiendo de las capacidades económicas de la pareja, para conseguir acuerdos y lecturas sobre el otro, que posteriormente se convertirán en acciones planeadas con el estado de ánimo y los niveles de neurotrasmisores –dopamina, endorfinas, oxitocina…- en su estado regular.
Las parejas que no se interesan en realizar esta “luna de miel” o aquellas que la posponen por determinadas circunstancias, se pueden interpretar como colectivos que anteponen otros intereses sobre los de pareja–trabajo, no gasto de capital..-, o colectivos que no han visualizado esta experiencia como una oportunidad para solidificar vínculos afectivos entre sus miembros.
Estas parejas, igualmente no han interpretado que iniciar la convivencia con su pareja es un proceso complicado, que lleva varios meses o incluso años de adaptación, por lo cual puede existir mucho miedo, odio o diversas emociones negativas. Desde este punto de vista, es mejor iniciar la vida en pareja después de haber llegado relajados de un viaje de placer, con ciertos acuerdos, que iniciar esa experiencia –vida en pareja- con el estrés o el nivel cotidiano de emocionalidad de cada cual.