La intimidad afectiva de los adultos jóvenes.

La intimidad es la fuerza que permite al adulto confiar en otra persona con distintos propósitos –amor, amistad, trabajo..-, integrarse en afiliaciones sociales concretas y desarrollar la fuerza ética necesaria para ser fieles a esos lazos, al mismo tiempo que imponen sacrificios y compromisos significativos.

Una de las causas de la resistencia que los adultos jóvenes tienen por establecer relaciones en donde exista intimidad afectiva, es el miedo a perder la independencia. Logro que apenas están gozando respecto del proceso que pasaron con sus figuras parentales durante el periodo de su adolescencia, algo que recién finalizaron.

Además de la explicación anterior, la intimidad afectiva solo puede ser realizada por aquellas personas quienes resolvieron su conflicto de identidad con su padres durante su periodo de tiempo entre los 12 a los 18 años, o sea los sujetos que recorrieron funcionalmente el duelo por la terminación tanto de la niñez como de la adolescencia.

En el momento que la identidad individual desarrollada durante la adolescencia se encuentra estructurada, se produce la apertura emocional para integrarse con otra persona, estando dispuesto a arriesgar la pérdida temporal del yo en el coito y el orgasmo, así como en amistades muy estrechas y otras situaciones que requieren absoluta entrega.

Con la identidad individual estructurada, los adultos jóvenes no tienen temor de desear intimar emocionalmente con un otro, algo que realizan teniendo en cuenta comportamientos de auto-cuidado, de manera que los sentimientos y la entrega hacia los demás se hace protegiendo su mismisidad, o sea no permitiendo un eventual abuso físico o psicológico.

La capacidad de intimar en la adultez joven, adicional de ser consecuencia de un sano proceso de duelo de la niñez y de la adolescencia, como se dijo anteriormente, también requiere que durante su primera infancia, este sujeto haya tenido unos vínculos de apegos seguros con sus padres, de tal manera que posea una autoestima funcionalmente constituida.

Otra cosa ocurre cuando el adulto joven no ha superado emocionalmente la adolescencia, quedándose estancado en esa etapa. El sujeto todavía se encuentra en conflictos constantes con sus padres, no tiene unas vagas conceptualizaciones de quien es, por lo cual sigue replegando su energía sobre sí mismo, rechazando y no permitiendo que se produzca una intimidad con otro.

Es tanto el repliegue del narcisismo sobre él mismo que el sujeto cosifica al otro para concebirlo solamente como un objeto que satisface sus necesidades –sexuales, afectivas, físico..-, sin sentirlo como alguien que desea ser significado como un sujeto que esta buscando satisfacer unas necesidades afectivas.

La persona quien no ha superado emocionalmente la adolescencia, cosifica a los demás de la misma forma que lo hace con sus figuras parentales puesto que siente que los adultos solo son importantes y merecen la atención del hijo en la medida en que satisfacen sus deseos

Por esta razón, se puede deducir que el estancamiento que el adulto joven ha hecho de sus años adolescentes, puede estar acompañado de otros inconvenientes a nivel emocional en otros periodos de su vida, especialmente en lo referente a los primeros años de vida. Momento en el cual existieron vínculos afectivos disfuncionales entre los padres y su hijo.

Dicha disfuncionalidad se caracterizó en que el niño sintió que sus padres no le dieron la suficiente confianza para alejarse de ellos enfrentando con seguridad las nuevas realidades y también sintió que los adultos no contuvieron sanamente sus emociones desequilibradas.

De esta forma, se puede concluir que las complicaciones que el adulto joven tiene para intimar con los demás, además de ser un fenómeno propiciado por emociones presentes, también son conductas des-armónicas que han tenido un origen en las vivencias de sus primeros años que tuvo con sus padres.

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