La capacidad de aprendizaje es la potencialidad que presenta cada sujeto o colectivo para asimilar nueva información y luego aplicarla de forma efectiva ante las distintas situaciones que hacen parte de su cotidianidad. Esta competencia implica la facilidad para incorporar a las conductas propias nuevos esquemas o modelos cognitivos y la adopción de maneras novedosas de interpretar las cosas.
El proceso del aprendizaje ocurre en cuatro diferentes estadios o fases: inconscientemente incompetente –el sujeto no sabe que no conoce-, conscientemente incompetente –el individuo esta consciente que no sabe por lo cual quiere aprender-, conscientemente competente –la persona por su esfuerzo, adquiere ciertas competencias y habilidades- y conscientemente competente –interiorización del aprendizaje de manera que lo manifiesta sin tener que gastar mucha energía en ello-.
La capacidad de aprendizaje, además de las facilidades cognitivas que tenga el sujeto para asimilar nueva información y luego aplicarla en la realidad, también depende de un alto componente motivacional que tiene sus orígenes desde el primer día de vida del bebé.
La formación de la capacidad de aprendizaje la deben comenzar a formar los padres, especialmente la madre, cuando su hijo se encuentra en los primeros meses de vida. En este primer momento. La figura materna forma una relación cercana con su hijo, basada en la nutrición, el cuidado físico y en una emocionalidad funcional, permitiendo que las estructuras neuronales se desarrollen para que produzcan un procesamiento óptimo de información.
Un poco más tarde, la figura materna posibilita que el pequeño tenga contacto con diferentes estímulos –personas, colores, sonidos, lugares…- en su compañía dentro del hogar, nombrando cada uno de ellos, haciendo que esta dinámica sea parte de una cotidianidad caracterizada por afectos funcionales en los cuales el niño se sienta amado y protegido.
Un niño de brazos que siente curiosidad por aquello diferente a su madre, algo que explorará cuando sea capaz de ejecutar movimientos por sí mismo –serpenteo, gateo, caminar..- y se aleje por unos instantes de su presencia. Sin embargo, aunque se distancie, este niño retornará al lado de la adulta muy pendiente que ella tenga reacciones positivas ante los descubrimientos que realizó, o pueda consolarlo en caso que regrese con alguna emoción displacentera.
En caso que suceda de esta manera después del retorno del menor, y que la madre pueda “prestar” palabras a sus emociones, el hijo adquirirá cierto gusto por el aprendizaje, el cual se complejizara en el momento en que el padre comienza a socializar con su hijo de manera independiente, sin la madre, introduciéndolo en entornos distintos a su hogar, enseñándole otras cosas que no conoce y exigiendo el cumplimento de una normatividad cultural.
Tanto padre como madre con su comportamiento continente en el acompañamiento de su hijo en sus primeras diferentes experiencias, requieren estimular en él, el deseo por aprender, dándole respuestas a sus cuestionamientos y creando en él pequeño otras más con la promesa que se contestarán en otras sesiones interactivas o que él lo podrá hacer por sí mismo.
Cuando los vínculos afectivos son armoniosos entre padres e hijos, los pequeños pueden aceptar que no saben e interpretan lo novedoso como una oportunidad generadora de conocimientos, y por ende, satisfacciones internas. En este punto, el niño es inconsciente y después conscientemente incompetente.
Al hacerlo puesto que reciben una respuesta positiva de sus padres con cada aprendizaje, los menores se esfuerzan por ejecutar estas actividades y al aplicarlas a las distintas situaciones en que interactúan con sus progenitores, interiorizan el concepto, la habilidad…
Posteriormente, cuando el hijo asista al jardín y después a la escuela primaria, los padres requieren indagar diariamente sobre lo ocurrido en el colegio y sus nuevos aprendizajes tanto en el campo académico, deportivo, social, artístico… Indagación que en los tres o cuatro años que su hijo no comunica mucho, debe ser complementada con los diálogos con profesores.
Explorar sobre la vida del hijo en su día a día propiciara una conexión emocional profunda entre padres e hijos, y además dará información a los adultos para que se den cuenta cual es el proceso que esta siguiendo el menor en las variadas temáticas de desarrollo junto a sus fortalezas y debilidades.
Este seguimiento nutrirá los reforzamientos que ejecutarán los mayores con el propósito de disminuir debilidades e intensificar fortalezas, así como también incentivando el deseo y las capacidades de aprendizaje, acciones que serán la base para la planificación de un proyecto de vida.
Adicional a los esfuerzos que los padres ejecuten para el desarrollo de la capacidad de aprendizaje en su hijo, esta se crea a partir del modelamiento positivo de los padres. En efecto, los menores de doce años se identifican y adoptan para sí mismos, las respuestas que observan de papa y mama respecto de las actitudes frente a los aprendizajes en su ambiente laboral, familiar, social o de pareja.