Inicio de la aversión al número.

Desde el instante en que la madre siente que tiene un ser vivo creciendo dentro de ella, lo cual se refuerza por los exámenes médicos, esta figura materna transforma su significancia de unicidad, convirtiéndose en un cuerpo dividido en dos, cada uno con la misma importancia.

En el momento del parto, la madre vuelve a ser una sola otra vez. Su hijo se ha separado biológicamente de ella. Sin embargo, tanto el hijo como la madre, desean retornar a esa relación fusional que se dio dentro del vientre materno, en la cual tuvieron tantas satisfacciones a nivel emocional.

Retorno que tiene el permiso del orden social puesto que el niño nace tan indefenso que necesita que su mama lo alimente a través de su seno, y lo mantenga en su regazo para darle protección, por lo menos los tres primeros meses, mientras que los órganos de sus sentidos terminan el proceso de formación.

Vínculo de dos que se comienza a resquebrajar parcialmente a partir del tercer mes, fecha en la cual la madre nombra a la figura paterna en su discurso. El padre del niño existe por la verbalización que hace la madre sobre él, por lo cual la madre contiene  dentro de sí a tres instancias – padre, madre e hijo-.

Con el proceso de ausencia-presencia que la madre tiene con su hijo, junto a los formación de hábitos de alimentación y sueño, el niño se va dando cuenta que es independiente de la madre, mientras él sigue percibiendo que el padre es una creación de la figura materna.

A  partir del primer año, el padre irrumpe la relación fusional por lo cual él toma un lugar y se independiza del discurso de la madre, y el niño se da cuenta que es alguien autónomo. En este punto, el niño pequeño reconoce que existen tres personas y no solo una dividida en tres como anteriormente.

En caso que el otro –el padre-  no irrumpa la relación fusional, sea porque no haya otro o sea porque la madre no lo haya involucrado en su discurso, y después no lo deje entrar, el infante solo dividirá la unidad en dos partes, y tras separarse de la madre, sabrá que hay dos seres independientes y no tres como en una triangulación con resultados positivos.

En este caso, la mentalidad del menor no asimiló emocionalmente que una unidad se puede dividir en más de dos partes, ni tampoco asimiló emocionalmente la existencia del número tres, por lo cual puede haber dificultades en la conceptualización de los números que van desde el ½ hasta el cero, y dificultades en la conceptualización del tres hasta el infinito.

Estas dificultades superan las capacidades cognitivas del sujeto, y están vinculadas con la carga afectiva que se pone a las representaciones numéricas, y que pueden alterar el proceso para la adquisición de conocimientos, habilidades matemáticas y motivación hacia esta parte del conocimiento.

Junto a esta dificultad en lograr entender y manejar las representaciones numéricas entre ½ y 0, o las representaciones numéricas mayores a 2, se encuentra el impedimento parcial o el rechazo emocional para la ejecución de las cuatro operaciones básicas.

Así, la resistencia afectiva asociada a la noción de número y a los procesos matemáticos en sí, están asociados con los conflictos del niño/a para su entrada en el orden simbólico, algo que se entiende cuando se significa al número como una construcción cultural que representa un ordenamiento cuyo propósito es lograr la comprensión y la manipulación de objeto

De tal manera, el lenguaje matemático es una construcción simbólica que se ha logrado a través de los acuerdo culturales, y el proceso Edípico también es una construcción simbólica en el sentido que la función materna como signo de unión y soporte emocional, es un concepto dado por las experiencias similares de varias culturas, igual que pasa con el concepto de función paterna como ente regulizador, normativo y de control de la función materna, y el encargado de romper la relación fusional entre madre e hijo.

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